miércoles, 8 de diciembre de 2010

Nuevo edificio, nuevo tratado criptozoológico

Mi nueva residencia ha traído, ya, nuevas y emocionantes experiencias. Una de ellas me llena de angustia, de pesar, y últimamente me llena de angustia y temor. Compartiré raudamente una serie de evidencias que me llevan a una única conclusión, aterradora, capaz de tenerme lleno de angustia cada vez que camino por la angosta escalera del edificio:

1. Cuando deseaba surtir el tanque de gas estacionario, por primera vez, me dí a la tarea de identificarlo. Sabía que se encontraba en el último piso, nada más. Subí velozmente para encontrarme con las típicas jaulas de lavado y tendido; orgullosas cámaras de chismes e imprecaciones que más gustan a la señorada que a la juventud. Aún debía subir una escalera construida en tubo, cementada a la pared, escurrirme por un bajo pasadizo y llegar hasta la plataforma donde los tanques coexisten. Mi asombro fue descubrir una cantidad insalubre de excretas de aves y plumas, suficientes como para hacer docenas de plumeros y sacudir el centro histórico. No había ningún ave en ese momento, el sol rayaba las 13 horas. Detecté el tanque y me alejé, asqueado, del que parecía ser el plató de filmación de la película "aves" de Alfred Hitchcock.

2. Cada mañana al levantarme, deambulo en un estado de suspensión onírica, entre una visión borrosa y uno que otro tumbo que me hacen sufrir los traviesos muebles que cambian su posición maliciosamente a mi paso. Bueno, ¿A quién engaño? Voy chocando sonámbulamente con todo lo que hay a mi paso. Sin embargo, el único sonido que escucho lúcidamente, día tras día, es el zurrido de alguna paloma; de una paloma de grandes pulmones, ya que aún mi poca claridad cognoscitiva lo identifica. Luego, antes de las nueve, cesa el arrullo sin más.

3. Casi en sendas ocasiones que visito la escalera, encuentro plumas. No soy experto en la rama, empero puedo presumir que pertenecen a un colúmbido, de aquellos tan vulgares gris y blanco que abundan en las plazas, y mancillando el negro de mi carro.

4. Un día, después de hacer el aseo estaba relajándome en el patiesillo, en compañía del calentador de agua y una cerveza, cuando una parvada descomunal de pichones cruzó el cielo en el ocaso para plantarse en la azotea de mi edificio. Arrullaron un par de minutos y luego, un inexplicable silencio.

Dado que mi día a día es analizar evidencia disponible para generar la explicación más razonable del fenómeno observado, siguiendo el método científico, siendo fiel al principio de Occam y comparando mis hipótesis con aquello que ha sido documentado en textos científicos; he llegado a una única e inequívoca conclusión:

- En la azotea de mi edificio vive una criatura mitad hombre mitad paloma.

Esta conclusión realmente satisface todas las premisas impuestas por la evidencia disponible, además de explicar completamente las posibles vertientes que se desgajen de ellas. Aquí la demostración, empatando el número del hecho descrito anteriormente, con su contundente explicación:

1. El hombre/paloma es la criatura que deja esa cantidad exorbitante de excretas y plumas en la azotea, digo, sólo un pichón de tamaño humano puede defecar y desplumar así.

2. El hombre/paloma despierta a la misma hora que yo y entona cánticos en sus abluciones matutinas.

3. El hombre/paloma usa las escaleras para entrar y salir del edificio; esto tiene mucho sentido ya que en el tiempo que llevo viviendo ahí, sólo conozco a una vecina... y son 6 departamentos.

4. El hombre/paloma es visitado en las noches por sus admiradores. Digo, una criatura como esa, debe ser admirado entre sus congéneres palomas, y si habita en la azotea de mi edificio, es razonable que tenga sus despliegues de vida social allí mismo.

Podemos expandir la idea y unir estos hechos, generando nuevas y verosímiles explicaciones a la presencia del hombre paloma:

- El hombre/paloma añora, más que ninguna otra cosa en la creación, tener una vida de humano común y corriente, como "Kíkir bú", tal vez esa fue su inspiración. Esto mismo lo obliga a querer usar las escaleras en lugar de tomar el vuelo. También explica a dónde se va de 9 de la mañana a 9 de la noche... ¡¡Pues va al trabajo!! que mejor manera de humanizarse que teniendo un trabajo. Probablemente es un oficinista, y esconde al mundo el hecho de que es un pichón enorme. Incluso, es considerado es mejor empleado porque no platica con sus compañeros ni pierde el tiempo jugando solitario en la computadora. Ha de ser altamente eficiente, ya que teclea en la computadora con sus patas y el pico, permitiéndole realizar el doble de trabajo que sus co-oficinistas. Y, debido a que mantiene su identidad de pichón en secreto, le ha prohibido a sus admiradores pichones que lo visiten en la oficina, por lo que sólo pueden disfrutar del placer de admirarlo cuando está en casa, en la azotea de mi edificio.

Como puede observarse, mi razonamiento es impecable. Aún cuando mi agobio por su presencia no se debe a la aberración de la naturaleza que conminó en su existencia, ni al hervidero de enfermedades que se gesta en sus montículos de heces, ni en el perturbador sonido que me altera cada mañana, sino que esté observándome, acechando, buscando el momento en que me haya estudiado lo suficiente para robar mi identidad. Quiero pensar que si esto llega a suceder, la gente lo notará. Se preguntarán porqué ya no soy dicharachero, que ha pasado con mi sedoso cabello, porqué se ha perdido mi singular alegría y morboso sentido del humor. Quiero pensar que notarán un profundo cambio en mi persona, quiero pensar que se preguntarán porqué he comenzado a defecar en público, o porqué dejo plumas por adonde quiera que voy... Quiero pensar que habrá personas preocupadas y notifiquen a la policía de mi extraño y nuevo comportamiento; que mis padres serán desconfiados y exijan ver mi marca de nacimiento; que mi hija preguntará mirará con desdén al impostor. Sin embargo, y aquí viene la parte más aterradora, que tal si la gente lo nota, y decide no decir nada; aceptar mi nuevo yo (es decir, al hombre/paloma que ha usurpado mi identidad) y pensar "este Manuel me gusta más que el otro" o "Este ser que ha suplantado a Manuel es más simpático ó menos voluble o más agradable o menos criticón".

Sin importar que sea lo que pase, el hombre/paloma es una realidad y estoy pensando seriamente hacerle una visita y regalarle unos granos de maíz, digo, se acercan las fiestas y quiero ser un buen vecino... Tal vez así, decida no agenciarse mi identidad.