Los héroes son una parte integral de nuestra sociedad. Son fuente
de inspiración, representación humana de la virtud, el receptáculo de nuestras
esperanzas en momentos de desespero.
Tal vez desde la invención de la palabra (el idioma), el alimento
del alma (el chisme) ha sido el mecanismo de transmisión de las hazañas de los
héroes. Tal vez la primera exageración de las aventuras de un valiente fueron
el tamaño del jabalí que mató en una cacería, o el tiempo que permaneció
inmóvil hasta que el tigre dientes de sable pasó de largo. Esta exageración,
mezclada con 6 tazas de creatividad, fue horneada en las mentes de Stan Lee,
Jerry Siegel y otros para dar lugar a los superhéroes, titanes modernos con capacidades,
talentos y uniformes únicos que representan la virtud, inspiran envidias y
fantasías, y son fuentes de billones de pesos de negocio.
Aún cuando siempre he sido fanático de alguno de ellos, el
científico en mí me obliga a hablar con la verdad y exponer de facto cómo el
universo en que vivimos se opone a las capacidades exacerbadas de estos
mozalbetes.
Dado que la ciencia médica, la biología molecular, la tecnología,
electrónica y etc., avanzan a pasos agigantados, no caeré en la estrategia
barata de desprestigiar el origen biológico, tecnológico, extraterrestre o
místico de nuestros hidalgos modernos, sino que recurriré a la única disciplina
conocida por su inquebrantabilidad: la termodinámica.
Así, ante la posibilidad de que sea posible combinar genéticamente
un hombre y una araña, o que la vida inteligente de otros planetas envíe a su
descendencia al planeta Tierra, mis juicios serán aplicables sin importar la
biología, tecnología, inteligencia o artilugios que los defensores de la
justicia tengan a su disposición.
Uno de los “poderes” más valorados entre los defensores de la
justicia es la invulnerabilidad, y el más adiamantino de los superhumanos es,
en efecto, Superman. Este invasor intergaláctico puede detener las balas
proyectadas por cualquier arma de fuego con el pecho desnudo. Seré condescendiente
y le permitiré al último hijo de Kriptón ser tan resistente como quiera, sin
embargo la termodinámica, una dama con un puño de acero más recio que el de
Margaret Thatcher no le permitirá eludir el fenómeno de la disipación
energética. Ya que según la primera ley de la termodinámica, la energía no se
crea ni se destruye, sólo se transforma, Superman sobrevivirá al impacto de la
bala, pero deberá disipar la energía que éstas pierden al chocar con él. Así,
cuando Superman recibe el impacto de una 0.50 BMG, una metralleta convencional
para quienes enfrentan a un hombre volador, deberá disipar 15 kJ por disparo, y
pensando que pudiera recibir una ráfaga de 100 tiros (cosa de nada para el
encapotado), su sangre se calentaría tanto que alcanzaría la ebullición. Sin
duda el hombre de acero acabará como la olla a presión que decoró con frijoles
el techo y las paredes de la cocina de mi madre hace algunos años.
Uno de los superhéroes que intenta volver a la circulación es el
hombre hormiga. Este muchacho es el equivalente tecnólogo a aquel jefe apache
que crecía o se encogía ante el grito “eh-neeek-chock”. Estos dos personajes
comparten el mismo inconveniente: la primera ley de la termodinámica. Según la
primera ley (conocida así por sus compadres) la materia y la energía no se
crean ni se destruyen, sólo se transforman. Así, bajo la suposición de que el
hombre hormiga fuese un individuo regular de 80 kg de masa y 1.90m de altura,
al crecer hasta 20m de altura, su masa será la misma, lo que haría que nuestro
expandible amigo tuviera una densidad 1000 veces menor (de acuerdo a la ley del
cubo), es decir, el hombre hormiga tendría la misma densidad del aire. Veo
sumamente complicado que el hombre hormiga combata al crimen atacando a sus
enemigos con la devastadora caricia de un globo aerostático.
No sólo las capacidades exacerbadas de los héroes están sujetas a
análisis, también sus adminículos justicieros. En el caso particular del
Capitán América, lo que tenemos en la mira es su escudo. Originalmente construido
en adamantio, cambiado a vibranio, el escudo siempre maneja la misma premisa:
absorberá/reflejará cualquier cantidad de fuerza aplicada siendo impenetrable.
Luego vemos al Capitán lanzando su escudo con puntería asesina, y éste
rebotando hasta su mano. Bueno, “ahí está el detalle”. Podemos abordar el caso
en dos sentidos:
i)
El
escudo absorberá la energía, esto implica que deberá ser capaz de disiparla por
completo; aquí entra la segunda ley de la termodinámica. Imaginemos que el escudo
es capaz de transformar la energía aplicada (energía útil) en entropía (energía
inútil). Así, las balas, rayos y martillazos serán inútiles ante él; es como
golpear una esponja mojada. Bajo estas suposiciones, la segunda ley de la
termodinámica dicta que el escudo es absoluta y positivamente incapaz de
rebotar. El rebote es una condición elástica que, bajo las suposiciones
anteriores indicaría que el escudo recibe la energía (choca con una superficie),
la transforma en entropía (de acuerdo al postulado anterior), y transforma la
entropía en energía útil nuevamente. Esto último va en contra de la segunda ley
de la termodinámica, incluso en contra de la lógica ¿Quién ha visto rebotar una
esponja mojada?
ii)
El
otro enfoque es que el escudo sea duro, que digo duro, ¡Durísimo! Así, el
escudo sería impenetrable y todo lo que se lanzase contra él rebotaría, y por
ende el escudo también. Ahora, la primera ley de la termodinámica viene a
nublar nuestro día de campo porque establece que cualquier objeto que se
dispare contra el escudo transferirá su energía al escudo, y el escudo a su vez
la transferirá al Capitán América. Pensándolo así, el escudo no amortigua el
golpe, y el Capi tendrá los brazos rotos o saldrá volando por la atmósfera cuando
un disparo suficientemente potente, o un martillazo de dios del trueno, golpee
su escudo.
Puedo citar muchos ejemplos más, pero
terminaré este alegato con una capacidad que se me hace sumamente deseable: la
teletransportación. En el universo Marvel, dos tienen la capacidad natural de
realizar esta proeza, Kurt Wagner (Nightcrawler) y Azazel. Para lograr una
teletransportación es necesario desintegrar en una ubicación y reintegrar en
otra. Permitamos la ilusión de que sería posible romper de forma voluntaria los
enlaces entre átomos que se unen para formar moléculas, moléculas que forman un
cuerpo humano. Bajo este esquema, sólo falta que la cantidad suficiente de
energía se aplique a una molécula para los enlaces entre sus átomos se rompan y
se desintegren, eventualmente, todas las moléculas que forman un cuerpo se
desintegrarán en átomos, dando la apariencia de “evaporarse en el aire”. De
acuerdo a la primera ley de la termodinámica, es necesario que la energía que
se aplica para romper los enlaces entre los átomos de una molécula TIENE que
venir de algún lado. Resulta que la energía que se requiere para que
Nightcrawler rompa todos los enlaces que unen a los átomos de sus moléculas
sería tan grande como la energía que se libera en la explosión de una tonelada
de dinamita (TNT). Quiere decir que devastaría todo a su alrededor cada vez que
se le ocurriera teletransportarse, olvídense de llevar a algún acompañante. Y
ni me hagan empezar con la energía que requeriría el mutante azul para
integrarse de nuevo.
Mi deseo no es romper las ilusiones de los
que seguimos las historietas, películas y caricaturas de estos héroes urbanos y
míticos. Sólo pretendo dar una perspectiva científica de aquello que
disfrutamos tanto, para valorar el hecho de que las hazañas y capacidades de
estos bienaventurados alimentan nuestra imaginación, y nuestra
alegría. Ni la termodinámica es límite para la imaginación ¡Ah! Y no pretendan parar balas con el pecho, porque ni Superman
puede.


