sábado, 11 de agosto de 2007

El segundo Golfo de México

Cuando me refiero al "Golfo de México" no estoy aludiendo a la lengua marítima que incursiona en las costas de Veracruz, Tamaulipas, etc., sino al "zorro de plata". Sí, me refiero a aquel que con su ascendencia libanesa, juegos de palabras y piropos fugaces marcó la pauta de nuevo galán del cine mexicano; efectivamente, hablo de Mauricio Garcés.

Mauricio Garcés entró temprano a mi vida al igual que El Santo, Blue Demon y Tin Tán. La diferencia fue que en el "zorro de plata" no fuí capaz de apreciar su gran legado a esa temprana edad; fue hasta estos últimos años. Mi pequeña pleitecía no estriba en la cantidad y calidad de mujeres que era capaz de conquistar en sus películas, más bien viene por su asombrosa capacidad de ser siempre elegante, medio delicado, sofisticado y hasta un tanto inocente. Después de una larga búsqueda pude, por fin, hacerme de una pequeña colección de sus películas, así como lo hice con aquellas de "El Santo", y estos días me he dedicado, en los ratos libres que el hurón y la ciencia me regalan, a su estudio y contemplación. Es relativamente fácil entender sus procederes, sin embargo es complétamente complicado adivinar sus ráfagas de verborrea y sus lisonjas ante los monumentos femeninos que se enfrenta; no siempre sale triunfante, no siempre conserva su cabello perféctamente engomado y su infalible cigarro, pero lo que sí es cierto es que siempre logra sorprenderme y darme una lección de la capacidad del hombre (como género) para lograr entrar en el corazón de la respectiva dueña de nuestros desvelos, y dentro de esto, lo que más me asombra es que, teniendo en mente de que son películas, el final feliz puede lograrse a pesar de todas las tribulaciones y tonterías que, irremediablemente, uno comete. Creo que ahí es donde está la verdadera ficción de su cinematografía, la ficción de que "el amor triunfa", "el amor verdadero perdura y todo lo perdona" y por último "aquella que te quiere, hará lo necesario para tenerte".

Siendo yo un experto en ficción, dado mi largo camino por sus diferentes autores y directores, puedo decir que la mayor ficción del mundo es el "amor verdadero". A tientas, me parece que es como el monstruo del lago Ness: Nadie lo ha visto pero todos hablan de él, parece que hay evidencia pero ninguna es conclusiva y, sobretodo, nos gusta pensar que está ahí para mantener un pequeño grado de misticismo en nuestras vidas. Sé que todo esto suena lleno de amargura y resentimiento con la vida, pero bien dicen que: cada persona hará su chanza de acuerdo a las propias vivencias en el carnaval (cada quien habla como le vá en la feria).

Mi propia experiencia me señala que no hay nadie que esté dispuesto a sacrificar algo, que nadie está dispuesto a dejar de lado a su propia persona (o los demás) por poner como prioridad una relación buena y estable, y, sobretodo, nadie va a meter las manos al fuego por lo que el otro cree. Curiosamente, de esto último, es de donde se expide la mayor ficción de la trilogía de "The Matrix" ya que Trinity sacrifica todo por creer lo mismo que cree Neo... Esto es lo que hace más ficticia a la película que todo lo demás.

Sé que este pensamiento choca, sobretodo para los enamorados, pero creanme que hablo con la verdad, y aquellos que estén dispuestos a negarme la voz de la razón, que me exponga la evidencia de su amor verdadero, y hablamos en un par de años.

domingo, 5 de agosto de 2007

El gato de la muerte o el mal karma de las coincidencias


Hace unos días, Carlos (Carlos Loret de Mola) me platicó (dijo en su noticiero) que había cierto gato que habitaba en un ancianato, al que llamaban categóricamente como "el gato de la muerte". Este apodo venía dado por la sencilla (y espeluznante) razón de que cuando el gato visitaba el cuarto de algún anciano de la institución, dicho anciano moría en menos de 24hrs. Obviamente los ancianos tenían pavor al mencionado gato, y ¿Quién no? Digo, es el faxímil felino de un jinete del apocalipsis, es como el cordero que reaparecerá como el león el día del juicio final... Quiero decir, ver al dichoso (o desdichado) gato será un aviso funesto, como el medidor de ataúdes que tanto les gusta poner en las películas de vaqueros, sólo que en lugar de una regla el gato carga con sus bigotes (que es con lo que miden las distancias cercanas, por cierto).
Si lo pienso fríamente, con la razón de científico que me agracia y me atormenta, hay muchas otras evidencias a considerar antes de colocar a este gato como el mayordomo de las exequias. Aquí una lista:
¿Qué porcentaje de ancianos han recibido la visita del gato en el edificio y han muerto en menos de 24hrs?
¿Cuánto tiempo lleva el gato viviendo en el edificio?
¿Cuáles son las actividades específicas del gato durante su visita? Esto porque me sería muy lógico que la gente muriera si el gato gusta de mordisquear los cables de los respiradores artificiales.
Se requiere un cultivo microbiológico y un análisis toxicológico tanto del pelo del gato como de su sangre, saliva, pelo y desechos (copro y orines).

Si todo lo anterior revelara que el gato no porta ningún parásito o bacteria potencialmente letal para el ser humano, que mínimo en el 99% de las ocaciones que ha visitado un anciano éste muere, y que no interviene con ninguno de los equipos responsables de mantener la vida de los pacientes, podría considerar la posibilidad de que realmente el gato tiene algún presentimiento sobre la muerte de las personas. Pero aún esto último podría tener connotaciones instintivas, como si el anciano moribundo está acostado todo el día, mientras que los demás abandonan sus cuartos, porque de ser así, el gato puede visitar los cuartos de los ancianos mientras no están en ellos y, obvio, se le nota al gato cuando visita a los moribundos.

Mi última propuesta recae sobre la coincidencia y la sugestión. Que tal si, efectivamente, tres ancianos a los que el gato visitó murieron al poco tiempo. Luego un rumor comenzó entre los ancianos "el otro día que Gesiana murió, ví al gato en su cuarto..." comenta un anciano de buena memoria, luego, otro bastante lúcido y paranoico dijo "¡Yo lo ví en el cuarto de Filomeno el día en que murió!" De aquí, toda una serie de teorías y temores comenzaron a circular por el ancianato, y cuando uno, enterado del terrible rumor, enferma y vé al mortuorio gato en su cuarto piensa "el gato está aquí, voy a morir" y de ahí, se deprime y, en efecto, muere. Pero esta muerte viene dada por la angustia y la sugestión.

Ahora, basta de menesterosos, pensemos en el gato. Hay que imaginar el estigma que el pobre animal carga sobre sus peludos hombros "soy aquel que lleva la muerte" o "la gente me teme porque traigo mal augurio" o peor aún "¿Los ancianos me huyen, o me tratan bien, porque pronostico su muerte o porque soy un felino casero y peludo?" Debo aclarar, de sobra sé que nada de esto pasa por la mente del gato, pero propongo esto porque así porque hace posible extrapolar la circunstancia del gato a otro ser, digamos, una persona. Pobre de aquel individuo que tuvo la mala fortuna de estar sentado en la parada del autobús cuando un bibliotecario tropezó y cayó enfrente de él (escogí esta profesión por la supuesta buena memoria de los bibliotecarios), y este mismo evento, con las mismas personas, se repite la semana siguiente. El bibliotecario recordará el rostro de nuestro individuo sentado y riendo en la parada (lo ha visto dos veces). Si el bibliotecario es suficientemente supersticioso (y paranoico) concluirá que se cae, no porque sea distraído y torpe sino, porque el individuo envía sus malas vibras y lo hace caer... O porque todos los días carga con un bote de grasa industrial y con ayuda de una brocha, engrasa la sección exacta frente al asiento de la parada para ver a la gente caer mientras espera el camión... Como fuere, la coincidencia ha creado un mal karma en nuestro sedentario individuo. La siguiente vez que el bibliotecario pase por la parada y vea a nuestro individuo sentado, le disparará una mirada fulminante y rodeará lo necesario para no pasar frente a él y, curiosamente, no tropesará porque toma otro camino. El individuo se dará cuanta de esta retorcida actitud porque esperaba el momento cómico que alegró su día las dos últimas semanas, pero luego reflexionará y tal vez piense "ese estúpido bibliotecario ya no me hizo reir hoy", pero si la sugestión es suficiente, por la asesina mirada del bibliotecario, pensará "tengo la capacidad de hacer tropezar a las personas" o "soy un peligro para los demás". Sé que esto es un caso extremo y fríbolo, pero esclarece el punto; la sugestión es peligrosa no sólo para quien la tiene, sino también para quien la provoca.

Creo que esto nos ha sucedido a todos. Es como el alumno que dice "ese profesor me reprobó" en lugar de decir "no estudié lo suficiente"; o la mujer que dice "siempre me tocan novios maltratadores e infieles" en vez de decir "no sé escoger a mis parejas"; o decir "los mosquitos siempre me pican" por no pensar "debería ponerme repelente". En fin, hay un sinnúmero de ejemplos que nos permiten justificarnos por nuestras propias sugestiones, y en ocaciones, garrafales aberraciones.

Como nota, a los pocos días de que el gato asesino apareció en mi televisor, una tía muy querida murió.

sábado, 4 de agosto de 2007

El peso en el piso del baño.

Hoy, como buen obsesivo-compulsivo, me he dado a la tarea de limpiar mi departamento. Era necesario. Comenzé a estibar objetos del suelo sobre la cama, recoger empaques de comida que el hurón (su nombre es anquilosante; apócope = anqui) se roba de la cocina y esconde silenciosamente debajo de la cama. Todo comenzó bien, marcado por el ánimo ceremonioso que gusto de imprimir a mis ritos, hasta que llegué al baño. En el suelo, a un lado de la taza, había una moneda de baja denominación ($1.00M.N.). Por lo general no levanto nada del suelo cuando barro, por eso recojo concienzudamente antes; pero este peso ($1) me consternó. Rápidamente, mientras acercaba la escoba, hubo una ráfaga de ideas.

La primera fue la que el instinto me dicta: Barro el peso ($1), lo subo al recogedor con la demás basura y acabará en la basura, un pepenador lo encontraría en la bolsa. Inmediatamente después, me sentí arrogante, derrochador, desconsiderado... Debe haber personas que pueden hacer algo con un peso ($1), o peor aún, por un peso ($1). Evalué la idea: la moneda acabaría en las manos de un pepenador, como quien encuentra una cana en un gato; encontraría la moneda en una enorme bolsa de basura en un basurero de miles de metros cuadrados, entre millones de bolsas... ¡Era absurdo! Dejaría la moneda en el suelo, y luego, cuando no sea día de limpieza la recogeré y la almacenaré con el montón de sus similares en la canasta del cajón debajo de la televisión... Nuevamente, mi mente rechazó la idea, porque ¿Qué pensarían las visitas cuando lleguen al departamento y encuentren una moneda tirada? Parecería que no limpié, o pensarían que me considero adinerado y que no vale la pena recoger una moneda (ahora que lo escribo suena muy estúpido). Concluí: "Tomaré la moneda y la regalaré a alguien en la calle". Parecía la mejor solución, pero la verdad es que después de recogerla y dejarla en la tapa del tanque del inodoro, sé que probablemente sólo llegará a la canasta de monedas en el cajón debajo de la televisión. Hasta este punto, no hay nada revelador en este evento como para publicarlo en un blog, pero aquí viene lo más interesante, y denota mi verdadera naturaleza extraña y paranoica...

Mientra barría pensaba en la moneda. Su fin último es ser intercambiada por productos o servicios, digo, es el objetivo del dinero, ¿No? Entonces, de haberla mandado a la bolsa de la basura, entre otros tantos miles de costales de desechos en un relleno sanitario, se habría frustrado la misión última del miserable peso ($1)... Gracias a mí y a mi obsesión por no tocar las cosas en el suelo, la misma existencia de la moneda habría sido inútil; habría sido yo una especie de fríbolo e inmisericorde semidios que decide el destino de un ser, sólo por mi aburrimiento o mi fluctuante estado de ánimo; un Apolo o un Poseidón, que regala sus favores a los mortales, no para retribuir sus numerosas y sentidas ofrendas, sino por el hecho de que puedo y me divierte... De ahí, fue peor. Imaginé a la gente en la casa de moneda y en el Banco de México dando cuenta de que una moneda no estaba en circulación, y sus rostros deprimidos y consternados sobre el futuro de la economía mexicana. Un preocupado y fiel empleado entraría a una gran oficina amaderada en caoba, aventando la puerta y diciendo al juntas sus manos con rostro temeroso "Señor, Falta una moneda de un peso ($1 M.N.) en circulación..." A lo que el jefe contestaría "¡No es posible! ¡¿A dónde va el país?! ¿Qué pensará la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe)?" Y remataría con un depresivo "No hacemos bien nuestro trabajo..."

Después de esta alucinación marca "Diablo", me golpeó como la puerta de aquel elevador descompuesto cuando trabajaba en la repartición de oficios (claro, sin la sofocación y la vergüenza): Este es el verdadero punto de todo. No puedo imaginar como sería respetar siempre la misión que cada uno supone deben tener la cosas. Me refiero a que yo puedo suponer que los platos se hicieron para comer, pero estarían en desacuerdo todas aquellas ancianitas que gustan de coleccionar platos y colgarlos en las empapeladas paredes de sus casas... Es más, de seguro, una turba furiosa, con antorchas y trinches, me perseguiría con ánimos asesinos después de que me haya jambado un buen plato de mole con pollo en el plato que sirve de trofeo en el torneo de Wimbledon... Aunque, pensándolo bien, Venus Williams o Andrea Agassi podrían darse el lujo de comer en sus trofeos (tienen decenas)... Pero de seguro Ana Kurnikova SÍ querría matame, digo, ella no tiene ninguno. O que hay de las muñecos de peluche que adornan las habitaciones de muchas niñas y mujeres (y algunos hombres), que de seguro soñaban con ser abrazados y queridos por algún infante... La verdad es un punto que se juzga más por apreciación personal que por sentido común.

Creo que la misión da cada ser en el universo, en realidad, se dicta por lo que a éste le acontece, es decir, si el peso ($1) hubiera acabado en la bolsa de basura, ergo, su misión era la de no ser intercambiado por productos ni servicios, su misión última habría sido ser despediciado y quedar oculto cual precioso tesoro (en la basura, por cierto). Creo que el lugar en el universo, la misón última, el orden divino, es estar, sufrir nuestras desgracias, vivir nuestras alegrías, afectar nuestro entorno.

A manera de conclusión, todo esto me reconforta porque significa que cualquier cosa que haga estará dentro del objetivo de mi existencia, hacer cada cosa que hago o no haber hecho aquellas que no hice, encaja en el diseño divino. Así tengo la confianza de que todo lo que vaya a pasar es porque debe de pasar, aunque no sea lo que quiero o lo que más me convenga. Después de todo, creo que también debe ser reconfortante para la moneda del piso del baño (actualmente en la tapa del depósito del inodoro), porque no sólo NO fue a dar a la basura sino que, además, me inspiró a adentrarme en la complejidad del universo y la existencia... ¡Espero esté orgullosa!