
A través de los años he desarrollado una adicción moderada por los videojuegos, principalmente aquellos de RPG (Role Playing Game). Me atraparon desde la arcaica consola del atari 2600, y aún sigo atrapado... Debo hacer notar que una de mis mayores fijaciones fue la zaga de "the legend of Zelda". Adoraba encarnar al joven y orejón "Link" y ser el acicate de los malosos, libertador de la tierra de Hyrule, y rescatista desinteresado de la fastidiosa princesa Zelda (víctima serial de secuestros). En aquellos días de 8-bit, mi mente no estaba ataviada por el aparente síndrome de Estocolmo entre Zelda y el hechicero Ganon (mejor dicho, ganón, porque de seguro se divertía con la mentada princesita), ni por la controvertida capacidad del protagonista para cargar a todo lugar con un costal lleno de porquerías (arco, flechas, bombas, boomerang, espada, escudo, etc...); nada de esto. Mi mente rodaba sobre la penosa necesidad de acumular “rupias”, divisa oficial de la tierra de Hyrule. Las rupias provenían, principalmente, del asesinato. La cruenta matanza de malhechores, esbirros del hechicero maligno, que se dedicaban a obstaculizar la misión del protagonista. Con las rupias, como ocurre con cualquier moneda, se adquirían objetos de valor: pociones, escudos y otros adminículos. Esta modalidad fue adoptada rápidamente por muchos videojuegos subsiguientes, incluso, en diferentes consolas.
Recientemente, he invertido algunas horas en desbloquear todas las capacidades especiales de mi “Resident Evil 
Obviamente quise justificarme: La supervivencia del más apto, el bien debe triunfar, los muertos no sienten... y la más patética: así se me educó, a matar malosos para conseguir bienes y estatus social de héroe. Aunque yo sé que no es justificación, esta última aseveración es cierta. Desde que inicié mi transe a través de los videojuegos, esta fue la educación que recibí de los programadores... Aún así me siento como un asesino en serie intentando evadir la pena capital.
Soy sensato, no prometo cosas que no puedo cumplir. Nunca he dicho que no volveré a tomar después de una terrible cruda, ni he dicho que entrego el 100% de mi esfuerzo en algo. No puedo decir que dejaré de jugar videojuegos, ni que despreciaré los bienes que obtenga de mutilar y aniquilar a un zombie, ente malvado o secuaz del maligno. Pero aseguro que de ahora en adelante me acongojaré por aquella familia quebrantada, por esos sueños rotos y por ese espíritu ahorrativo y tacaño que están detrás de cada una de mis víctimas en este oscuro camino que los videojuegos de RPG me obligan a caminar.