jueves, 31 de julio de 2008

historia épica del laboratorio anegado o del diluvio universitario

En un día tan corriente como cualquier otro, decidimos ir a comer a cierto negocio no muy lejano, cuyo nombre tiene los mismos elementos que “el hogar de la carne para asar” pero con más o menos letras. Ahora que lo pienso, el nombre de dicho tugurio debería ser algo más atinado, como “la última morada de la carne para asar”, ya que hogar le da un sentido sentimental que no puede existir entre alimento y alimentado. Esto no es importante, el hecho, es que después de consumir nuestros alimentos, regresamos al origen: yo, a mi domicilio; mi acompañante, a nuestro lugar de trabajo. Dado que ambos destinos son muy cercanos entre sí, llegamos juntos a un punto intermedio y de ahí nos separamos...

A los pocos minutos comenzó el meteoro de la precipitación pluvial. En un principio, eran gotas dispersas y, en pocos minutos, hicieron su aparición el viento, los relámpagos, los truenos y el granizo. Para este momento, yo me encontraba ya con la luz apagada, la televisión desconectada y el hurón entre los brazos, nos escondimos juntos a los pies de la cama, ya que la tormenta amenazaba con reventar los vidrios. En eso, escuché el característico quebrar de un cristal, me asusté y salí deprisa del cuarto. Me encontré con que la lluvia había encontrado su camino por las ventanas del lado este del departamento (evento que nunca había sucedido). La lluvia, viento y granizo hacían imposible vislumbrar algo hacia fuera de nuestro hogar. Raudo, cerré las ventanas casi al nivel hermético, y fue poca el agua que alcanzó a entrar. Como corolario, el cristal roto fue un florero de vidrio que me fue regalado hace como un año, y que había olvidado en la buhardilla que sustenta a la lavadora, la secadora y otros tiliches.

La tormenta duró aproximadamente 1800 segundos, y los escribo en estas unidades porque de verdad les digo que cada uno de ellos fue vivido intensamente. Al término de lo peor del meteoro, comencé a intercambiar mensajes escritos con aquella con quien acababa de comer, y que se dirigió a nuestro lugar de trabajo. La información que me hacía llegar ameritó una llamada telefónica, la cual fue tuvo por síntesis la frase “¡El laboratorio se inunda!”. Al parecer el agua había encontrado su cause a través del alcantarillado. A pesar de las puertas y ventanas cerradas, el líquido lodoso logró infiltrarse por las coladeras que fueron distribuidas generosamente por el suelo del laboratorio. Mi deber fue notificar a nuestro asesor, que por algún evento dictado en uno de esos renglones muy lineales en los que escribe el Señor nuestro Dios, se encontraba en la ciudad después de tres semanas de ausencia. Noté incredulidad en su voz al escuchar la noticia, colgamos, se dirigió al laboratorio y su sorpresa sólo fue superada por el volumen de líquido que ya anegaba al laboratorio. La persona que se encontraba dentro, con quien yo me comunicaba en un inicio, se encontraba sobre un banco alto para evitar ser electrocutada, ahogada o atracada por alguna de las embarcaciones de insectos que viajaban a la deriva en la terrible inundación; embarcaciones que asemejaban pequeñas arcas bíblicas donde la humanidad y una pareja de cada especie animal, sobrevivimos la primera siega del mundo.

Nuestro asesor movilizó a las tropas; mandó llamar a los conserjes disponibles, llamó a la colaboradora con quien comparte el laboratorio y entre ellos, dos compañeras y yo, nos dimos a lo que sería un desahogue lleno de suciedad, basura oculta, hediondez y cansancio. Casi cuatro horas duró la húmeda tarea... Al final, se presentó ante nuestros cansados ojos, un laboratorio limpio y sin huella alguna del terrible paso del agua, excepto por todos las cajas y muebles que asemejaban los cadáveres de múltiples especies de insectos (patas pa’rriba) sobre las mesas y cualquier espacio disponible...

Al día siguiente, ante el inexorable amanecer de un nuevo día de labores, se le retiró la clausura al laboratorio. No hay remanentes de lo que el agua se llevó, sin embargo el recuerdo de estos eventos, así como la ingratitud de nuestro asesor, quema nuestras memorias como un yerro ardiente...

Fig. 1: Aquí, una alegoría de nosotros y la vida endémica del laboratorio tratando de sobrevivir a la subida del agua.

Fig. 2: Un doble de acción me caracteriza señalando el lugar donde se encontraban los equipos más importantes del laboratorio.

Fig. 3: Mi asesor salvando su fondo de escritorio.

miércoles, 23 de julio de 2008

Crónica de un simulacro anunciado

Ante la premisa “más vale prevenir que lamentar” mis compañeros de laboratorio y yo, fuimos sometidos a una de las actividades más tediosas e infructíferas de la sociedad contemporánea; un simulacro. Debo señalar: yo también profeso que la seguridad es primero... En mi periodo de bombero y brigadista, aprendí mucho sobre los peores resultados que puede generar un siniestro. Prefiero prevenir, así como estar preparado. Los simulacros son farzas irreales que, si se repiten constantemente, pueden generar un beneficio notorio ante el control de un siniestro, pero siempre y cuando la actividad simulada haya logrado ser mecanizada por los participantes; quiero decir, un simulacro una vez cada 5 años son tan útiles como "el peso en el piso del baño" (léanse entradas anteriores).Sin embargo, la parodia de simulacro de evacuación a la que fuimos sometidos, no previene ni prepara. El primer infortunio fue que invertimos dos días en asistir a unas conferencias sobre seguridad y formación de brigadas, de las cuales no se generó ninguna brigada y la única cosa segura es que el avance de ciencia se detuvo porque sus esbirros no fueron capaces de generar conocimiento (que no trabajamos, pues). Y no que me moleste no trabajar, pero si derrocharé holgazanería, será acompañado de bebidas fermentadas, buena conversación y compañía agradable; definitivamente ninguna de estas condiciones se satisfizo en aquellas conferencias.

Una vez que se nos calificó de “capaces” para sobrevivir al simulacro, se nos indicó que el simulacro debería ser sorpresa, pero que por razones de tiempo (no del nuestro, claro) el simulacro sería a las 12pm, para esperar la llegada del rector de nuestra autónoma universidad. Irónicamente, el simulacro en realidad fue sorpresivo, porque el rector no llegó a la hora acordada sino 2 horas después, aproximadamente. Lo que sucedió a continuación será mejor relatarlo a partir de las imágenes que reviven aquellos momentos llenos de angustia... Aquí las fotografías, un pequeño serial visual que permitirá un mejor desarrollo de mis ideas:

Fig. 1: El trabajo se desarrollaba normalmente en el laboratorio. Los miembros de nuestro grupo de trabajo son dedicados y responsables. Siempre dando todo por el desarrollo del conocimiento y el bien de la humanidad.


Fig. 2: Al sonar de las alarmas, conservamos la calma y nos dispusimos a evacuar nuestro recinto de trabajo.


Fig. 3: Algunos decidieron cargar la ocasión con un realismo excepcional, en una actitud casi verídica.


Fig. 4: Obedecimos todas y cada una de las indicaciones, así como todos y cada uno de los señalamientos.


Fig. 5: Algunos, incluso, mostraron muecas de terror ante la catástrofe inminente.


Fig. 6: Había una gran cantidad de involucrados en el fatídico evento. Por fortuna, no hubo lesionados.


Fig. 7: Por supuesto que, los sobrevivientes, quisimos conmemorar el evento que había unido nuestras vidas de forma perenne.


Fig. 8: Algunos no podían contener el llanto ante la inefable emoción de seguir viviendo.


Fig. 9: Por último, se nos felicitó con gran emoción; y se otorgaron reconocimientos a aquellos que verdaderamente había vivido la experiencia de manera más intensa, pero que por alguna razón no participaron con nosotros; es decir, premiaron a los organizadores. Si se reflexiona a profundidad, tiene mucho sentido. Ellos organizan cómo fingiremos nosotros, mientras ellos fingen que no capacitan, nostros fingimos cooperar, todos fingimos una catástrofe y al final fingimos que agradecemos.

martes, 22 de julio de 2008

Avistamientos inexplicables o breve tratado de criptozoología

Después de la sorprendente aparición de aquella pobre y colorada gallina, me he percatado de que el índice de avistamiento de criaturas de origen inexplicable, criptozoológico, como salidas de un cuento de Lovecraft, se ha incrementado vertiginosamente. Estas criaturas han sido avistadas en circunstancias tales que ponen en duda la fidelidad del testigo (yo), como suelen suceder en los encuentros de esta naturaleza.

La tribu oculta en el edificio

El primero de estos eventos sucedió el sábado 12 de julio de 2008. Era una mañana fría y yo jugaba con el peludo Anky (mi hurón). De pronto, escuché el sonido característico de un trabajador de la compañía de gas dando instrucciones a su compañero, desde el estacionamiento hasta la azotea del edificio. Fue como un canto de sirena, puesto que yo requería licuado de propano y había olvidado llamar al distribuidor autorizado. Ante la presión (hablando de gases) de alcanzar al despachador antes de que se retirase, tomé mi cartera, mis llaves y me puse una bata abrigadora que me había sido obsequiada por mi progenitora durante las fiestas decembrinas. Dejé a mi anky-mascota libre en nuestro dormitorio, pero tuve la precaución de cerrar la puerta del mismo; así, su actividad se vería confinada al recinto en cuestión. Cerré el departamento, bajé raudo y al llegar al estacionamiento le indiqué al señor gasero, que deseaba se me surtiesen los litros equivalentes a la cantidad monetaria que había destinado previamente para dicho insumo. La transacción se realizó sin tribulaciones. Al final de la operación, se me entregó mi nota y subí a revisar el nivel del indicador del tanque estacionario. A sabiendas de que todos los tanques estacionarios de gas del edificio se encuentran en la azotea, subí las escaleras. En el trayecto observé a una de mis vecinas (señora soltera y de edad madura) recibiendo la nota del gasero que se encontraba en el techo. Mi vecina le cuestionó: ¿Cerró la puerta de arriba? A lo que el trabajador atinó a decir: “ Sí, seño.” Sin darme cuenta, este diminuto evento fue como el aleteo de mariposa que generó el huracán... Subí, y por alguna razón, mi vecina en cuestión no se percató de mi ascenso.
Llegué al último piso del edificio. Este es un sitio particular, ya que posee dos puertas: Una resguardada por una reja con una cerradura externa, y otra, una simple puerta metálica. A la primera, nunca la había visto abierta. Mi suposición era que controlaba el acceso a un pequeño almacén de enseres para las personas que realizan afanosamente el aseo del edificio. La segunda puerta, es el acceso a la azotea del edificio, de la cual todos los inquilinos poseemos una llave. Me acerqué, abrí la puerta y subí la escalera donde se encontraba mi objetivo: El tanque de gas que alimenta la instalación de mi departamento. Mientras revisaba el nivel del indicador, escuché que una persona (presumiblemente mi madura vecina) había cerrado la puerta. Este evento no me preocupó porque yo tenía la llave en mi poder. Terminé la revisión y bajé la escalera, dispuesto a abrir la puerta de acceso con mi llave. Mi sorpresa fue brutal. Mi querida condómina había cerrado la puerta con el seguro de tornillo, circunstancia que me impedía abrir la puerta desde afuera. Me preocupé. No llevaba conmigo el celular, y mi roomate no estaba en el edificio. Tardé unos segundos en decidir mi ruta de acción. Al final, decidí dejar de lado la dignidad y grité el nombre de mi vecina a todo pulmón hacia la cochera del edificio (por donde los gaseros se gritaban indicaciones). Grité 5 veces su nombre, sin obtener respuesta. Esa malvada mujer me ignoraba o se encontraba fuera de su casa. Elucubré algunas posibilidades de escape, pero todas ellas requerían un atrevido paso sobre el vacío debajo del edificio de 5 pisos. Por último, decidí intentar asomar la cabeza a la calle y pedir a los transeúntes que timbraran en algún departamento para indicarles que me encontraba atrapado en la azotea. Volví a subir la escueta escalera, y al intentar alcanzar el frente del edificio, delante de mis ojos apareció algo; una ventana a un mundo nuevo, alejado de la realidad de lo cotidiano...
Lo que mis ojos observaron fue una pequeña terraza. Una terraza que no debía existir, y la cual de seguro conectaba con el otro lado de la puerta enrejada donde suponía almacenaban enceres de limpieza. La terraza no era lo único que se encontraba allí. También había, recargadas en la barda de la terraza, dos prendas de vestir recién lavadas (aún húmedas): unos pantalones de mezclilla y una camiseta. Ambas prendas parecían pertenecer a un varón con una complexión parecida a la mía. Ante este hallazgo, ocurrióseme que tal vez había una persona lavando ropa en el cuartito que conectaba a la terraza. Saludé con un “buenos días” a quien tuviere la amabilidad de contestarme. Ante mi llamado apareció una mujer regordeta, rubia teñida, de baja altura y con guantes plásticos en ambas manos. Ella me miró como una criatura silvestre asustada ante la vista del humano. Le expliqué amablemente mi situación, y con un tímido y escueto “déjeme ver” desapareció de mi vista. Me desplacé velozmente ante la puerta de acceso a la azotea y escuché los sonidos característicos de la mujer quitando el seguro de la puerta. Abrí con mi llave desde afuera, y al abrir la batiente por completo, me encontré con la mujer y con un acompañante. El acompañante era un imberbe de unos 17 años, alto, delgado y moreno. Ambos me veían con temor y desconfianza mientras les agradecía su ayuda. La mujer caminó rápido y apresuradamente al interior del cuartillo detrás de la reja, y el acompañante me miraba fijamente. Dio tres pasos hasta estar dentro del cuartillo y cerró la reja mientras me observaba. No cerró la puerta de madera detrás de la reja hasta que me perdí de su vista bajando los escalones...
Fue un encuentro extrañísimo, es decir, un departamento inexistente (ni número tiene), que alberga a dos personas que nunca había visto desde que vivo en ese edificio (3 años), ambas con la mirada extrañada que produce el encuentro con la civilización para aquellos incivilizados, silvestres. Me recuerda a una tribu de nativos que no habían visto nunca al hombre blanco, que disfrutaban su inocencia lejos de las ciudades, escondidos en la selva. Aún ahora dudo sobre la existencia de esta pequeña comunidad oculta en los rincones ocultos de mi edificio, pero yo estoy seguro de lo que ví... Otra de mis preocupaciones era, que si quedaba enclaustrado en aquellas alturas, esta pequeña tribu decidiera recibirme como el mesías, como aquel moisés quien los liberaría del calvario que vivían. Respecto a este punto sigo firme en mi decisión: Yo no conduciré personas a través del desierto (o ciudad) hasta un lugar de dudosa existencia (una tierra prometida) y mucho menos invertiría 30 años en ese trayecto. Aunque por otro lado, sería por demás interesante escribir unas tablas de la ley... Tentación, ¡Aléjate!
Por último, bien pudo ser una alucinación desencadenada por la inhalación de gas y la desesperación del encerramiento, pero continúa la inexplicable verdad de mi escape del encierro. Ellos existen, y son como nosotros, sólo, diferentes...

La criatura debajo de la cama

El segundo encuentro con una criatura antinatural, extraordinaria, fue una semana después. El 19 de julio de 2008, nuevamente jugaba con mi pequeño hurón (anky-niño). Él disfruta de correr mientras es perseguido, para ocultarse debajo de la cama, detrás de un mueble o dentro de un sillón. En una de esas correteadas, entró debajo de la cama. Por lo general, él se reincorpora rápidamente al juego, asomando la cabeza para constatar la presencia del perseguidor y seguir el juego, pero esta vez no fue así. Pasó casi un minuto, y mi pequeño no se asomaba ni salía corriendo por otro lado del colchón. Me preocupé. Pronunciando su nombre, me agaché lentamente y levanté la orilla del cobertor para tener una mejor visión. De pronto, estaba mi pequeño luchando, como atrapado por algún ente que no atino a describir. Rápidamente metí el brazo debajo del colchón y extraje a mi pequeño mientras se remolineaba en el suelo. Lo coloqué a salvo encima de la cama y revisé de reojo su cuerpo, buscando alguna señal del ataque que acaba de recibir. Una vez que me aseguré que se encontraba bien, volví mi vista debajo de la cama. La criatura aún seguía allí ¡¡Era espeluznante!! Pocas veces en mi vida he sentido tal horror y asco juntos. Era una especie de peluza, aterradora, formada por pelos, polvo, esponja y algunas otras cosas que no quiero ni elucidar... La horrible criatura había atacado a mi niño y probablemente intentaría terminar el trabajo... o tal vez domesticar a mi pequeño para que la condujera a otros lugares donde su terrible dominio no hubiera llegado aún. O tal vez deseaba atacarme y tomar el control total del departamento, y luego... el mundo. Corrí rápidamente por la escoba y el recogedor. Cuando regresé, la golpee para atarantarla. Una vez sometida, la impulsé con ayuda de la escoba y con una expresión de asco, la llevé hasta afuera del departamento a una bolsa de basura. Aventé escoba y recogedor y cerré la puerta de golpe. Regresé rápidamente al cuarto y abracé a mi pequeñito, quien de seguro seguía asustado después de semejante encuentro... Este es un encuentro inexplicable y terrorífico porque, cualquiera que me conozca, sabe que es imposible que se forma una pelusa en el piso de mi casa. Mi obsesividad y mi compulsión hereditaria por la limpieza, impiden tales eventos. Para mí, fue un encuentro inexplicable con alguna criatura fenomenal, tal vez, de una dimensión alterna...

Así, cierro este breve tratado de criptozoología, el cual me perturba, aún por sólo recordarlo y escribirlo... Estas dos son, probablemente, las experiencias más inverosímiles y aterradores que he experimentado. Les ruego no me juzguen, y si no me creen, por lo menos me den el beneficio de la duda.


Fig. 1: Concepción de un artista de la criatura debajo de la cama.