Después de la sorprendente aparición de aquella pobre y colorada gallina, me he percatado de que el índice de avistamiento de criaturas de origen inexplicable, criptozoológico, como salidas de un cuento de Lovecraft, se ha incrementado vertiginosamente. Estas criaturas han sido avistadas en circunstancias tales que ponen en duda la fidelidad del testigo (yo), como suelen suceder en los encuentros de esta naturaleza.
El primero de estos eventos sucedió el sábado 12 de julio de 2008. Era una mañana fría y yo jugaba con el peludo Anky (mi hurón). De pronto, escuché el sonido característico de un trabajador de la compañía de gas dando instrucciones a su compañero, desde el estacionamiento hasta la azotea del edificio. Fue como un canto de sirena, puesto que yo requería licuado de propano y había olvidado llamar al distribuidor autorizado. Ante la presión (hablando de gases) de alcanzar al despachador antes de que se retirase, tomé mi cartera, mis llaves y me puse una bata abrigadora que me había sido obsequiada por mi progenitora durante las fiestas decembrinas. Dejé a mi anky-mascota libre en nuestro dormitorio, pero tuve la precaución de cerrar la puerta del mismo; así, su actividad se vería confinada al recinto en cuestión. Cerré el departamento, bajé raudo y al llegar al estacionamiento le indiqué al señor gasero, que deseaba se me surtiesen los litros equivalentes a la cantidad monetaria que había destinado previamente para dicho insumo. La transacción se realizó sin tribulaciones. Al final de la operación, se me entregó mi nota y subí a revisar el nivel del indicador del tanque estacionario. A sabiendas de que todos los tanques estacionarios de gas del edificio se encuentran en la azotea, subí las escaleras. En el trayecto observé a una de mis vecinas (señora soltera y de edad madura) recibiendo la nota del gasero que se encontraba en el techo. Mi vecina le cuestionó: ¿Cerró la puerta de arriba? A lo que el trabajador atinó a decir: “ Sí, seño.” Sin darme cuenta, este diminuto evento fue como el aleteo de mariposa que generó el huracán... Subí, y por alguna razón, mi vecina en cuestión no se percató de mi ascenso.
Llegué al último piso del edificio. Este es un sitio particular, ya que posee dos puertas: Una resguardada por una reja con una cerradura externa, y otra, una simple puerta metálica. A la primera, nunca la había visto abierta. Mi suposición era que controlaba el acceso a un pequeño almacén de enseres para las personas que realizan afanosamente el aseo del edificio. La segunda puerta, es el acceso a la azotea del edificio, de la cual todos los inquilinos poseemos una llave. Me acerqué, abrí la puerta y subí la escalera donde se encontraba mi objetivo: El tanque de gas que alimenta la instalación de mi departamento. Mientras revisaba el nivel del indicador, escuché que una persona (presumiblemente mi madura vecina) había cerrado la puerta. Este evento no me preocupó porque yo tenía la llave en mi poder. Terminé la revisión y bajé la escalera, dispuesto a abrir la puerta de acceso con mi llave. Mi sorpresa fue brutal. Mi querida condómina había cerrado la puerta con el seguro de tornillo, circunstancia que me impedía abrir la puerta desde afuera. Me preocupé. No llevaba conmigo el celular, y mi roomate no estaba en el edificio. Tardé unos segundos en decidir mi ruta de acción. Al final, decidí dejar de lado la dignidad y grité el nombre de mi vecina a todo pulmón hacia la cochera del edificio (por donde los gaseros se gritaban indicaciones). Grité 5 veces su nombre, sin obtener respuesta. Esa malvada mujer me ignoraba o se encontraba fuera de su casa. Elucubré algunas posibilidades de escape, pero todas ellas requerían un atrevido paso sobre el vacío debajo del edificio de 5 pisos. Por último, decidí intentar asomar la cabeza a la calle y pedir a los transeúntes que timbraran en algún departamento para indicarles que me encontraba atrapado en la azotea. Volví a subir la escueta escalera, y al intentar alcanzar el frente del edificio, delante de mis ojos apareció algo; una ventana a un mundo nuevo, alejado de la realidad de lo cotidiano...
Lo que mis ojos observaron fue una pequeña terraza. Una terraza que no debía existir, y la cual de seguro conectaba con el otro lado de la puerta enrejada donde suponía almacenaban enceres de limpieza. La terraza no era lo único que se encontraba allí. También había, recargadas en la barda de la terraza, dos prendas de vestir recién lavadas (aún húmedas): unos pantalones de mezclilla y una camiseta. Ambas prendas parecían pertenecer a un varón con una complexión parecida a la mía. Ante este hallazgo, ocurrióseme que tal vez había una persona lavando ropa en el cuartito que conectaba a la terraza. Saludé con un “buenos días” a quien tuviere la amabilidad de contestarme. Ante mi llamado apareció una mujer regordeta, rubia teñida, de baja altura y con guantes plásticos en ambas manos. Ella me miró como una criatura silvestre asustada ante la vista del humano. Le expliqué amablemente mi situación, y con un tímido y escueto “déjeme ver” desapareció de mi vista. Me desplacé velozmente ante la puerta de acceso a la azotea y escuché los sonidos característicos de la mujer quitando el seguro de la puerta. Abrí con mi llave desde afuera, y al abrir la batiente por completo, me encontré con la mujer y con un acompañante. El acompañante era un imberbe de unos 17 años, alto, delgado y moreno. Ambos me veían con temor y desconfianza mientras les agradecía su ayuda. La mujer caminó rápido y apresuradamente al interior del cuartillo detrás de la reja, y el acompañante me miraba fijamente. Dio tres pasos hasta estar dentro del cuartillo y cerró la reja mientras me observaba. No cerró la puerta de madera detrás de la reja hasta que me perdí de su vista bajando los escalones...
Fue un encuentro extrañísimo, es decir, un departamento inexistente (ni número tiene), que alberga a dos personas que nunca había visto desde que vivo en ese edificio (3 años), ambas con la mirada extrañada que produce el encuentro con la civilización para aquellos incivilizados, silvestres. Me recuerda a una tribu de nativos que no habían visto nunca al hombre blanco, que disfrutaban su inocencia lejos de las ciudades, escondidos en la selva. Aún ahora dudo sobre la existencia de esta pequeña comunidad oculta en los rincones ocultos de mi edificio, pero yo estoy seguro de lo que ví... Otra de mis preocupaciones era, que si quedaba enclaustrado en aquellas alturas, esta pequeña tribu decidiera recibirme como el mesías, como aquel moisés quien los liberaría del calvario que vivían. Respecto a este punto sigo firme en mi decisión: Yo no conduciré personas a través del desierto (o ciudad) hasta un lugar de dudosa existencia (una tierra prometida) y mucho menos invertiría 30 años en ese trayecto. Aunque por otro lado, sería por demás interesante escribir unas tablas de la ley... Tentación, ¡Aléjate!
Por último, bien pudo ser una alucinación desencadenada por la inhalación de gas y la desesperación del encerramiento, pero continúa la inexplicable verdad de mi escape del encierro. Ellos existen, y son como nosotros, sólo, diferentes...
El segundo encuentro con una criatura antinatural, extraordinaria, fue una semana después. El 19 de julio de 2008, nuevamente jugaba con mi pequeño hurón (anky-niño). Él disfruta de correr mientras es perseguido, para ocultarse debajo de la cama, detrás de un mueble o dentro de un sillón. En una de esas correteadas, entró debajo de la cama. Por lo general, él se reincorpora rápidamente al juego, asomando la cabeza para constatar la presencia del perseguidor y seguir el juego, pero esta vez no fue así. Pasó casi un minuto, y mi pequeño no se asomaba ni salía corriendo por otro lado del colchón. Me preocupé. Pronunciando su nombre, me agaché lentamente y levanté la orilla del cobertor para tener una mejor visión. De pronto, estaba mi pequeño luchando, como atrapado por algún ente que no atino a describir. Rápidamente metí el brazo debajo del colchón y extraje a mi pequeño mientras se remolineaba en el suelo. Lo coloqué a salvo encima de la cama y revisé de reojo su cuerpo, buscando alguna señal del ataque que acaba de recibir. Una vez que me aseguré que se encontraba bien, volví mi vista debajo de la cama. La criatura aún seguía allí ¡¡Era espeluznante!! Pocas veces en mi vida he sentido tal horror y asco juntos. Era una especie de peluza, aterradora, formada por pelos, polvo, esponja y algunas otras cosas que no quiero ni elucidar... La horrible criatura había atacado a mi niño y probablemente intentaría terminar el trabajo... o tal vez domesticar a mi pequeño para que la condujera a otros lugares donde su terrible dominio no hubiera llegado aún. O tal vez deseaba atacarme y tomar el control total del departamento, y luego... el mundo. Corrí rápidamente por la escoba y el recogedor. Cuando regresé, la golpee para atarantarla. Una vez sometida, la impulsé con ayuda de la escoba y con una expresión de asco, la llevé hasta afuera del departamento a una bolsa de basura. Aventé escoba y recogedor y cerré la puerta de golpe. Regresé rápidamente al cuarto y abracé a mi pequeñito, quien de seguro seguía asustado después de semejante encuentro... Este es un encuentro inexplicable y terrorífico porque, cualquiera que me conozca, sabe que es imposible que se forma una pelusa en el piso de mi casa. Mi obsesividad y mi compulsión hereditaria por la limpieza, impiden tales eventos. Para mí, fue un encuentro inexplicable con alguna criatura fenomenal, tal vez, de una dimensión alterna...
Así, cierro este breve tratado de criptozoología, el cual me perturba, aún por sólo recordarlo y escribirlo... Estas dos son, probablemente, las experiencias más inverosímiles y aterradores que he experimentado. Les ruego no me juzguen, y si no me creen, por lo menos me den el beneficio de la duda.
Fig. 1: Concepción de un artista de la criatura debajo de la cama.

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