Hace unas semanas, conocí a cierto músico. Dicho juglar es primo de uno de mis compadres, también de la profesión. Resulta que al calor de la fiesta, surgió la posibilidad de solicitar al bardo visitante entonara algunas de las melodías de su creación para el deleite de los asistentes. Los contertulios vitorearon al intérprete al notar que se disponía a embriagarnos (melódicamente, por supuesto) con sus creaciones…
Después de esta escena, en mi mente (aquel lugar huronezco) se gestó un pensamiento, cuya posterior elucubración me ha dejado la desazón de la marginalidad, la ignominia, que ha traído sobre mí mi profesión.
Para poder explicar mi reflexión he de crear un universo alterno, donde en una francachela, el anfitrión ha alcanzado un manso nivel de obstinación etílica, y llama a su compadre, contertulio en la reunión. El compadre acude al llamado, y después de un efusivo abrazo y unas sonoras palmadas en el lomo, recibe la siguiente invitación:
“Compadre… Compadreeee… Aviéntate un palomazo.”
El calentamiento que acompaña al estallido de sangre en el rostro ante la fingida vergüenza y la sofocada satisfacción precede a la discreta risilla que abre paso a:
“Noooo compadre, ¿Cómo cree? ¡Qué pena! Además, hoy vine con
Esta negación no es más que una invitación a la insistencia.
“Ándele compadre ¡Si todos ya lo vimos en acción! A poco me va a decir que “no”… ¡En mi fiesta!”
“Órale va, compadre, no más porque lo quiero un montón”
Una vez sellado el convenio, el festejado manda al hijo más cercano por “la tabla que está atrás de la cabecera de su cama”, para después anunciar con honda voz:
“¡Hey! ¡Hey! ¡Hey! ¡Gente! Aquí mi compadre Eufrates se va aventar un palomazo, no más por mi fiesta de mí!”
La aceptación popular no se hace esperar, y una horda de aplausos y chiflidos corren por todo el jardín, compitiendo por el aire con el humo del tiznado asador. En ese momento llega el párvulo con el encargo de su padre, coloca la tabla con fuerzas apenas suficientes y una sonrisa descarada, y se siente en el suelo, lo más cerca de su padrino, para tener la mejor vista del espectáculo. Ante aplausos y vítores, el padrino mira alrededor y da un trago de saliva, para acallar los nervios. Entonces dice:
“¡Miren! Voy a calcular la potencia de la bomba de allá, que sube el agua al tinaco del baño”, da un giro y comienza a escribir la ecuación de
“Pero como no hay bombas de 0.32 HP – la gente ríe por el chistorete – pondremos una bomba de 1/2 HP. Pipo, ve a ver la potencia de la bomba...”
El ahijado se levanta de un brinco y corre emocionado a leer la oxidada placa metálica atornillada al dispositivo, para gritar:
"¡Si es cierto! ¡Dice que 1/2HP!”.
Una algarabía total invade la fiesta. Gritos, aplausos, chiflidos y otras muestras de júbilo y aceptación toman el control de la reunión, la cual ha sido un éxito gracias a la magistral interpretación del ingeniero. El festejado enjuta una lágrima y moviendo la cabeza con orgullo musita “Ese es mi compadre…”.
Volvamos a nuestro universo. Es tiempo de revelar mi queja ¿Por qué los ingenieros no somos objeto de la admiración y la enajenación del público? Si nuestra labor es ardua y batallosa deberíamos recibir, al igual que los músicos, poetas, cantantes y bailarines, motivación y ensalzamiento en los festejos. Es más, el palomazo ingenieril debería tiene un doble grado de dificultad, dado que requiere más concentración (ante el incremento del nivel de etílico) que raspar algunas cuerdas o dar algunos gritos. Y sepan una revelación por demás perturbadora, en algún momento fui músico y cantante.

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