Viendo diversos programas de concursos, aquellos donde los participantes hacen gala del acervo de conocimientos que han acumulado, caí en una profunda depresión... No me explico en qué momento de locura alguien adujo que la madera es un elemento químico, que el aire está compuesto de dos moléculas de oxígeno y una de agua, y que el espectro electromagnético se aparece en el panteón de San Fernando.
Si bien es cierto que la ciencia no es una disciplina del agrado de muchos, es cierto que todo es suscetible de ser analizado por ella. Es decir, la ciencia esta todo el tiempo a nuestro alrededor, pero no es hasta que la conocemos que realmente nos percatamos de este hecho.
El agobio y la preocupación obnubilaron mi corazón... ¿Cómo podría yo lograr combatir esta terrible ignorancia que nos azora? ¿Cómo puede alguien ser expuesto al conocimiento científico de forma tal, que forma parte integral de su vida diaria, de su bagaje cultural? Se me ocurre que, si bombardeamos de frases con alto conocimiento científico a las personas que no están inmersas en la ciencia, tal vez lograríamos imbuir en ellas este conocimiento de forma sencilla y sutil, indolora y casi imperceptible. Para lograr esto es necesario hacer uso de una herramienta conocida por todos los mexicanos, un acervo flotante e invisible, que todos conocemos y que podemos poner a nuestra disposición... Los piropos.
Al alterar el contenido de frases coloquiales, de conocimiento general, podríamos insertar datos y hechos científicos con múltiples benficios: i) aumentar el conocimiento científico disponible al público general, ii) generar una atmósfera de respeto entre desconocidos que intercambian ideas en voz alta, iii) incrementar vertiginosamente la divulgación de información relevante para la sociedad.
Así, la formulación propuesta es:
Dividir el piropo en dos partes: introducción (o situación) y complemento (acción).
Sustituir el complemento (acción) por un dato o hecho científico.
Dirigir el piropo “reformulado” a un incauto escucha.
Imaginemos que una atractiva muchacha con un vestido rojo bermellón camina despreocupadamente por la calle. Al tiempo, un albañil sale de su escondite detrás de un barda y grita: “Esa de rojooo...” y cuando la fémina voltea para dirigir una mirada llena de reproche y ofensa al gritón, el albañil complementa su comentario con: “...absorve las longitudes de onda azul y amarillo de la luz blanca”. La estupefacta dama no comprende lo que ha sucedido, pero las palabras del mozalvete, sin duda, han quedado grabadas en su mente. En ese momento, el conocimiento ha sido transmitido, y dicha mujer ahora sabrá que su atuendo es rojo porque las fibras que lo conforman retienen la radiación azul y amarilla, reflejando únicamente el color rojo.
Un joven gallardo, fornido y con rasgos atractivos está sentado en la parada del autobús. En eso, un grupo de muchachas pasa en un pequeño auto convertible. Envueltas en risas, las muchachas gritan al joven: “Con esa macanota...” Al joven volea asustado y completamente ruborizado, a lo que el resto de la frase no se hace esperar “... Se transfiere el momentum cuando no se aplica la fuerza en el fulcro” El joven ha quedado anonadado, y con cara de idiota ve alejarse a las risueñas jovencitas, dejando conocimiento sobre mecánica impreso con fuego en la mente.
Una mujer voluptuosa camina apresurada por la calle, cuando un panadero para en su bicicleta, con una enorme canasta de pan recién horneado en la testa. Mira a la mujer y dice: “Con esas tortas...” La mujer se sulfura y busca rauda con la mirada un objeto para lanzar al ciclista, cuando éste completa su diálogo “...¡Se realiza una operación de filtrado muy eficiente!”. La mujer detiene su búsqueda visual y levanta lentamente el rostro con una expresión de duda y congoja. ¡Bam! Conocieminto sobre separaciones mecánicas está implantado en su cerebro.
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