A través de los años he aprendido a reconocer la labor incansable de aquellos que dictan las normas del idioma español (aún cuando sus últimas pernisiones no han sido del agrado de todos). La atención con que buscan que la gran mayoría de las palabras sean distinguidas efectivamente por su ortografía, dejando la posible confusión únicamente a la vocalización en una conversación, donde basta y sobra el contexto para conocer de lo que se habla. Un ejemplo categórico de esto, se crea en la famosísima y mnemotécnica fórmula: “¡Vaya! que la yegua baya, brincó la valla para comer bayas.”
Sin embargo, otros 400 millones de personas hispanohablantes, nos dedicamos a ultrajar el lenguaje de forma contidiana. Empero, ¿Cuál es la máxima violencia que se puede realizar al lenguaje? ¿Qué tortura verbal o escrita ejercemos sobre las mentes taciturnas de los miembros de la Real Academia? Yo sé cual: No llamar a las cosas por su nombre. Y no me refiero al clásico “pásame la desa que está sobre el dese”; no, hablo de utilizar una misma palabra para referirse a cosas de naturaleza completamente distintas, sin fundamentos de etimología, usanza ni herencia. El ejemplo más funesto que he encontrado es “paloma”.
Resulta que la palabra “paloma” la utilizamos desparpajadamente, y sin ninguna conmiseración, para referirnos a 5 objetos, de menos:
- Un pichón.
- Una bebida preparada de tequila.
- Un petardo.
- Un lepidóptero nocturno (polilla).
- Una muchacha.
- El órgano genital (masculino o femenino, interesantemente).
Cabe mencionar, que le RAE reconoce algunas de estas acepciones, por el uso, supongo. Sin embargo, aún no hago patente la razón de mi agobio por este hecho. Para lograr transmitir a través de estas escuetas líneas mi verdadero sentir, haré uso de una herramienta poco habitual en el mundo de la comunicación escrita; el álgebra.
Existe en el álgebra una ley que me permitirá desarrollar esta idea. Dicha ley es:
Si “a” es igual a “b”, (a = b)
y “b” es igual a “c”, (b = c)
entonces “a” debe ser igual a “c”. (=> a = c)
Dado que este es apenas la descripción de la herramienta a usar, viene aquí el desarrollo de la idea:
En la plaza de armas, sentado en un bar junto a una bella muchacha, coloqué una bebida en mis labios, cuando un pichón al vuelo, desgració mi abrigo. De pronto, un petardo de año nuevo me hizo agachar, para encontrar debajo de la mesa, una polilla posada entre las rodillas de mi acompañante.
Interpretación: En esta escena, un encantador joven ameniza su tarde con una atractiva mujer, víctima de la digestión animal y la venta ilícita de pirotécnia. Esta imagen es agradable, llena de espíritu social; empero, tomemos algunas de estas palabras de acuerdo a su acepción, y cambiémoslas por su sinónimo (el paso equivalente a “a” es igual a “b”):
En la plaza de armas, sentado en un bar junto a una paloma, coloqué una paloma en mis labios, cuando una paloma al vuelo, desgració mi abrigo. De pronto, una paloma de año nuevo me hizo agachar, para encontrar, debajo de la mesa, una paloma posada entre las rodillas de mi acompañante.
Este parece un texto completamente genérico, donde cualquier palabra pudiera insertarse en la etiqueta “paloma”, lo que nos lleva a que, si paloma es paloma, podríamos introducir cualquiera de las acepciones de dicho término, suponiendo que todas pueden ser equivalentes (paso “a” igual a “c”):
En la plaza de armas, sentado en un bar junto a una polilla, coloqué un pichón en mis labios, cuando una bebida al vuelo, desgració mi abrigo. De pronto, una muchacha de año nuevo me hizo agachar para encontrar, debajo de la mesa, un petardo entre las rodillas de mi acompañante.
Interpretación: Aquí, el tipo parece referirse a su acompañante como “polilla” pudiendo referirse a que es una “mariposilla” de avanzada edad; además, besa a una paloma (tal vez sea un mago en una mala racha), y el bar en el que se encuentra es lugar de zafarranchos, tanto así, que se avientan bebidas sin ton ni son, dando un aspecto más bien cantinezco. Por último, su acompañante, además de dedicarse a la vida galante, al taconeo, trafica con pirotécnia encondiéndola entre sus ropas.
En la plaza de armas, sentado en un bar junto a una bebida, coloqué una bebida en mis labios, cuando una muchacha al vuelo desgració mi abrigo. De pronto, una bebida de año nuevo me hizo agachar para encontrar, debajo de la mesa, un pichón en las piernas de mi acompañante.
Interpretación: El tipo esta alcoholizadísimo, está rodeado de bebidas y le sirven más por el festejo de año nuevo. Tal vez una muchacha, también en euforia etílica, tiró una bebida en su abrigo mientras iba pasando. Al final, el tipo se cae de la mesa por ebrio, y ve un pichón en el piso, posiblemente, delirium tremens.
En la plaza de armas, sentado junto a un pichón, coloqué un petardo en mi boca, cuando una muchacha al vuelo desgració mi abrigo. De pronto, una polilla de año nuevo me hizo agachar para encontrar, debajo de la mesa, una bebida en las piernas de mi acompañante.
Interpretación: El individuo claramente está bajo los influjos de algún narcótico-alucinógeno; se sienta a platicar con aves, alucina pensando que la comida va a explotar en su boca, ve muchachas voladoras, teme a las polillas (probablemente un efecto paranoide del narcótico) y siente la boca muy seca, tanto que busca cualquier cosa para tomar.
En la plaza de armas, sentado en un bar junto a una muchacha, coloqué una muchacha en mis labios, cuando un pichón al vuelo desgració mi abrigo. De pronto, una muchacha de año nuevo me hizo agachar para encontrar, debajo de la mesa, un órgano genital masculino en las piernas de mi acompañarte.
Interpretación: Proxeneta con acompañante travesti. No diré más.
Espero que esta fugaz demostración haya expuesto mi punto de forma satisfactoria, concluyo, con un atento exhorto a llamar a las cosas por su nombre, antes de que parezcamos narcotizados, magos solitarios, misóginos o ebrios desahuciados.
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