lunes, 6 de junio de 2011

Del origen del realismo/pesimismo, o del verdadero padre del donteofiloismo

Durante una esperanzada conversación que tomó lugar hace tantos años que he olvidado los detalles, una amiga exponía su profundo agobio sobre la reticencia de un sujeto a tomar responsabilidad en un asunto. Ella dijo “prometió que iba a hablar con ella cuando llegara el momento adecuado, pero al parecer no ha llegado...” en ese momento, otra persona remató “... y como dijo don Teofilito: ni llegará”. Este comentario, a pesar de describir a la perfección la proyección del grupo sobre el comportamiento del sujeto en cuestión, me pareció cargado de un realismo casi pesimista, incluso manchado de un apenas perceptible toque de malicia. Esta fue la primera vez que estuve en contacto con la filosofía de don Teófilo.
Debo confesar que, en un principio, pensé que la cita a don Teófilo venía de alguna guasa que yo desconocía, dado que yo había escuchado chistes sobre un anciano que vivía intensas aventuras teñidas de sexo y Alzheimer. Así, eventualmente, resolví este misterio del tipo huevo/gallina, y caí en la cuenta de que el original era aquel que hablaba en la tercera persona del futuro imperfecto: ni llegará, ni pagará, ni llamará, etc. ¿Quién es este personaje, realista para unos, pesimista y cruel para otros? ¿Qué perspectiva tenía él sobre su ideología? ¿Buscaba ayudar a los demás a no sufrir decepciones por tener falsas esperanzas? ¿Era por compasión? ¿Ó hacía su comentario con una intención hiriente y sardónica? ¿Era por malicia? Esta avalancha de interrogantes me tuvo cavilando, resolví que la única forma de encontrar la respuesta era adquirir información sobre la persona misma del mentado Teófilo. Si dicho carcamal era una persona tranquila, amable, enternecedor, como el típico abuelito de los cuentos pueriles, la intención de su doctrina probablemente sería bienintencionada; sin embargo, se era viejo hosco, mordaz, resentido con la vida y su suerte, probablemente sus comentarios tendrían una intención maldosa y zahiriente. Parecía que mi reflexión me estaba obligando a realizar una investigación de campo, una recopilación de datos históricos de cualquier naturaleza, que me permitiese elucidar el carácter, entorno, condición familiar y económica del sobado vejestorio; empero ¿Por dónde comenzar? ¿Dónde podría haber nacido este realista o nihilista individuo? ¿En qué época? Por último ¿Realmente existió? Siendo ésta una duda devastadora a toda mi perorata, decidí hacerle frente primero; quiero resaltar que me basé en un razonamiento estructurado, respetando un orden lógico de ideas, no es que quiera evitarme la larga, polvorienta y divertidísima tarea de la investigación de campo.
Para resolver el enigma de la existencia misma del señor Teófilo, me enfoqué en el efecto que produce en las personas ser tocadas por su sabiduría. Al observar a aquellos incautos que, al expresar su esperanza en la ocurrencia de un evento, eran desalentados, desengañados e incluso deprimidos, por el insensible zarpazo de la teofilofilia, noté que en las más de las ocasiones, había un dejo de molestia, de incomodidad ¿Sería que esta incomodidad era en contra de quien transmitía el donteofilazo? ¿O sería en contra del realismo/pesimismo del comentario? Para no alargar la anécdota que dirige a mis conclusiones, únicamente las presentaré a continuación (en lo personal, me es más sugerente la cuarta):
  1. Don Teófilito era un amable, humilde y piadoso anciano, que gustaba de escuchar al prójimo. De naturaleza realista, don Teofilito no pudo formar una familia propia y decidió preocuparse por todos a su alrededor, sobretodo por aquellos que constantemente sufrían decepciones por esperanzarse en imposibles. Por ejemplo, un muchacho le comentó a don Teofilito estaba enamorado de la hija del banquero del pueblo, pero que ella aún no entendía que vale más el amor que el dinero; don Teofilito lo desengañó: ni lo entenderá.
  2. El Don Teófilo, un hacendado avaro y enano, rodeado de peones malpagados, disfrutaba de dar chanzas desmotivacionales a sus lacayos. Encontraba un malsano deleite en derrumbar las ilusiones de superación que albergaban sus trabajadores, sólo por la sencilla razón de que siguieran laborando al filo de la esclavitud. A Don Teófilo se el ulceraba el estómago si hacían alusión a su estatura, por lo que a manera de escarnio, sus peones seguido se referían a él como “don Teofilito”, y lo imitaban al ser crueles los unos con los otros. En cierta ocasión, en una tertulia, uno de ellos de hinca y comienza a desgañitarse con regaños y órdenes sin sentido; todos ríen ante la acertada imitación que Abundio hace de “don Teofilito”; y remata su actuación diciendo: José, que ¿Tus hijos son muy pobres y no han podido tomar la leche? ¡Ni la tomarán!
  3. Don Teofilito es un personaje ficticio, resultado de las tradiciones pesimistas de algún pueblo o etnia, que gustaba de achacar la naturaleza de su propio enojo con la ilusión y la esperanza, a un personaje a quien se le asignó un nombre al azar. Esto con el fin de negarse a sí mismos la gris y depresiva vida que se han empeñado en seguir.
  4. Una mente controladora y astuta creó el personaje de don Teofilito como parte de un ardid para desmotivar a aquellos que lo azoraban con una retahíla de quejas y lloriqueos: por aquella mujer que no deja a su marido, por aquel hombre que no deja la bebida, por aquella hija que no agradece los esfuerzos de su madre que lava ajeno, por aquel muchacho que no estudia ni trabaja. Así, esta mente siniestra les dejará caer a estos desprevenidos quejosos el acicate del realismo, y lo repensarán antes de platicarle sus desgracias; porque ese “don Teofilito” al que tanto cita, les dice cosas que no quieren escuchar. Así, el mentado don Teofilito no es, ni por mucho, el padre del teofiloísmo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Enriquece esta entrada.