En estos días de ocio y lozanía he readquirido mi mal hábito de ver películas malas. Mi mayor deleite son aquellas que tratan de criaturas míticas, engendros malignos, entes ominosos vomitados por las más inauditas circunstancias, etcétera. Creo que mi fascinación por los largometrajes de esta índole tiene su origen en que extraen mi mente de este yermo al que llamamos vida cotidiana, y me transportan a mundos adyacentes (o muy muy lejanos) donde las leyes de naturaleza suelen hacer magníficas y pavorosas excepciones. De aquí mi molestia (porque va más allá de una simple incomodidad) por tratar de "cientificar" a los espantajos que aparecen en los filmes. Verán, aún cuando la ciencia y la tecnología me han marcado como fierro ardiente a la res, me gusta que aquello que se supondría no es explicable, permanezca de ese modo; así, será inalcanzable, místico, y cumplirá con la función que el entretenimiento tiene encomendada: expulsarnos de nuestra prisión terrenal, alimentar con hormona del crecimiento a la sesera de los mentecatos (como yo). Intentar dar explicaciones científicas, racionales o ligadas a avances tecnológicos actuales, es denigrar la naturaleza mística de estos seres sobrenaturales. A continuación unas verbigracias.
En algunos casos recientes (del cine, por supuesto) se propone a los licántropos como humanos infectados por un virus, el cual es el resultado de algún cruzamiento de especies. Los cambios anatómicos del individuo se derivan de una cascada de reacciones hormonales, originados por el aumento de la carga viral en el plenilunio. Patrañas. Con un sólo disparo derribaré a este abyecto argumento: hablemos del pelo. Dado que la velocidad de crecimiento máximo del vello es cerca de 1.5cm al mes, para que el lobuno sujeto "se pusiera peludito" tardaría un mes (digamos que cada vello creció los 1.5cm). Esto significa que, si la luna llena provoca la etapa de cambio lobuno en nuestro miserable amigo, él tardaría un mes en crecer su "atuendo de trabajo", y no unos segunditos, como acostumbran hacerlo en películas y series de televisión. De este modo, el pobre muchacho tendrá que esperar una treintena para comenzar a aterrorizar al pueblo. Otro aspecto importante del pelo es la cantidad de energía y proteínas que requiere para formarse, si el licántropo lograra exacerbar su capacidad capilar en un 1000% (para que le creciera el pelo en tres días) la cantidad de azúcares/grasa y proteínas que debería consumir para mantenerse vivo y crecer su pelaje es exorbitante, digamos que para un hombre promedio pasar por la transformación en 3 días sería dejarlo en los huesos, sin músculos para sanjuanear a sus víctimas o escapar de sus perseguidores. Visto lo anterior, comentar además sobre el imposible crecimiento acelerado de los caninos, me parece de mal gusto.
Algunas historias de vampiros buscan solidificar la existencia de los hematófagos humanos utilizando un cohorte de enfermedades genéticas. Dentro de este principio, pretenden justificar el temor de los vampiros a la luz del sol por medio de la xerodermia pigmentosa. Si bien casos severos de este terrible padecimiento existen, ninguno de estos pacientes ha explotado o transformádose en ceniza ante la incidencia de la luz del astro rey. Lo que en realidad pasaría es que la luz del sol llenaría de llagas la piel expuesta del pariente de Drácula en unos 15 minutos y, si no recibe tratamiento, una infección en las llagas (combinado con uno de los peores dolores posibles) mataría al pobre diablo en cuestión de días, no segundos. Por supuesto, no habría cenizas de por medio, y si lo dejan tirado al sol hasta que muera (tal vez en una semana), la flora bacteriana intestinal haría lo suyo inflándolo como perro machucado hasta que la barriga le reventase. Este hematófago perdería completamente el glamour una vez acabado el lento y doloroso proceso de su muerte, más por deshidratación e infección que por exposición a la luz solar.
Los muertos vivientes son mis consentidos. Los zombies se han vuelto muy populares en las últimas décadas, y se les considera la respuesta a la histeria urbana que vivimos diariamente. A pesar de lo geniales que los zombies son, es completamente imposible que el corazón de una persona no efectúe latidos y dicha persona pueda seguir y seguir como el lebrato de las pilas alcalinas. La razón es simple, el metabolismo de las células mamíferas es oxidativo; esto significa que las células de nuestro cuerpo requieren oxígeno para transformar el alimento (azúcares/grasa) en energía. La sangre transporta azúcares y oxígeno a las células de todo el cuerpo, y si ésta deja de fluir las células colapsarán. Por lo anterior, si no hay latidos o si el zombie tiene heridas que lo desangren, no hay transporte de oxígeno ni alimento a las células y éstas no funcionan. Aún si el zombie es incapaz de sentir dolor o detenerse ante disparos de armas de fuego y demás ataques, en cuanto el muerto viviente se desangre, el show habrá terminado. Es un camino cerrado.
Otras películas que llamaron mi atención son aquellas donde los posesos contagian al demonio a través de su sangre, como hepatitis C. Estas películas pretenden rebajar a la posesión demoníaca a una mediocre enfermedad altamente contagiosa. Esta idea es aún más ominosa que la posesión demoníaca en sí misma. Si bien hay algunos estudios que proponen la existencia de un gen "del mal", se postula que se requieren 3 factores necesarios para generar un individuo considerado maligno; la condición genética sólo es uno de ellos. Este gen del mal es intransferible por vías de contagio regulares, por lo tanto los posesos no pueden "estornudarle" el chamuco al prójimo.
Un filme animado de la década de 1980 proponía una visión realista de los dragones. Sí, dragones escamosos, voladores y escupefuego. Cientificaban el vuelo y el fuego de los dragones con una serie de reacciones químicas:
1. Los dragones consumían piedra caliza.
2. Con ayuda de descargas eléctricas producidas en sus cuerpos (no está claro si por su recubrimiento escamoso o por una habilidad similar a la de una anguila eléctrica), separaban el calcio reduciéndolo a su estado metálico.
3. El calcio metálico reaccionaba con el agua y producía hidrógeno.
4. El hidrógeno inflaba la barriga del dragón haciéndolo liviano, dándole la habilidad de volar.
5. Este mismo hidrógeno podía ser expulsado por la boca e ignitado por las antes mencionadas chispas eléctricas en el hocico del animal.
Si bien es perfectamente plausible que un lagarto vuele (lo hacían los pterodáctilos, ayudados de altas concentraciones de amoniaco en la atmósfera), y las reacciones químicas propuestas son, en principio, correctas, todo este circo está forzado. Comencemos por el calcio metálico; el contacto directo de un metal alcalino con cualquier tejido vivo, termina en la destrucción de dicho tejido; esto es porque el calcio separa el hidrógeno del agua y las células son hasta 70% agua. Otro problema es la gran cantidad de calor que se libera en la reacción, podría causar quemaduras profusas en el sistema digestivo del dragón, dejándolo incapacitado para comer o, en su defecto, incapacitado para vivir. Otro grave problema es el confinamiento del hidrógeno generado, ya que las moléculas de hidrógeno son tan pequeñas que atraviesan los tejidos fácilmente y, si no se puede confinar a la barriga del dragón, no hay flotación. Por último, el tamaño que debería adquirir la barriga del dragón para que se eleve por pura flotación (como lo hacía en la película), sería poco práctico para el dragón mismo. Si el lagarto pesara cerca de 5000kg, que es un peso estándar para un ser de ese tamaño, debería tener una barriga de 4000 metros cúbicos, esto es, una panza de ¡Al menos 29m de diámetro! Este botijón volante estaría tan inflamado que ni podría poner sus patas en el suelo, o mover sus alas para adquirir algo de dirección.
Por todo lo anterior, y las otras muchas que no he escrito, los escritores hollywoodenses deberían dejar de lado su fútil esfuerzo por convencer a los cinéfilos de que sus monstruos del averno son posibles. Digo, si alguno de los espectadores realmente creyera que hay un basilisco en el sótano de una escuela, seguro que invertiría su tiempo en diseñar una estrategia de mercadeo, hacer visitas guiadas, anuncios de televisión y tomar fotos a los petrificados niños, en lugar de dilapidar dos horas de posibles ganancias yendo al cine a ver una película.