
La primera fue la que el instinto me dicta: Barro el peso ($1), lo subo al recogedor con la demás basura y acabará en la basura, un pepenador lo encontraría en la bolsa. Inmediatamente después, me sentí arrogante, derrochador, desconsiderado... Debe haber personas que pueden hacer algo con un peso ($1), o peor aún, por un peso ($1). Evalué la idea: la moneda acabaría en las manos de un pepenador, como quien encuentra una cana en un gato; encontraría la moneda en una enorme bolsa de basura en un basurero de miles de metros cuadrados, entre millones de bolsas... ¡Era absurdo! Dejaría la moneda en el suelo, y luego, cuando no sea día de limpieza la recogeré y la almacenaré con el montón de sus similares en la canasta del cajón debajo de la televisión... Nuevamente, mi mente rechazó la idea, porque ¿Qué pensarían las visitas cuando lleguen al departamento y encuentren una moneda tirada? Parecería que no limpié, o pensarían que me considero adinerado y que no vale la pena recoger una moneda (ahora que lo escribo suena muy estúpido). Concluí: "Tomaré la moneda y la regalaré a alguien en la calle". Parecía la mejor solución, pero la verdad es que después de recogerla y dejarla en la tapa del tanque del inodoro, sé que probablemente sólo llegará a la canasta de monedas en el cajón debajo de la televisión. Hasta este punto, no hay nada revelador en este evento como para publicarlo en un blog, pero aquí viene lo más interesante, y denota mi verdadera naturaleza extraña y paranoica...
Mientra barría pensaba en la moneda. Su fin último es ser intercambiada por productos o servicios, digo, es el objetivo del dinero, ¿No? Entonces, de haberla mandado a la bolsa de la basura, entre otros tantos miles de costales de desechos en un relleno sanitario, se habría frustrado la misión última del miserable peso ($1)... Gracias a mí y a mi obsesión por no tocar las cosas en el suelo, la misma existencia de la moneda habría sido inútil; habría sido yo una especie de fríbolo e inmisericorde semidios que decide el destino de un ser, sólo por mi aburrimiento o mi fluctuante estado de ánimo; un Apolo o un Poseidón, que regala sus favores a los mortales, no para retribuir sus numerosas y sentidas ofrendas, sino por el hecho de que puedo y me divierte... De ahí, fue peor. Imaginé a la gente en la casa de moneda y en el Banco de México dando cuenta de que una moneda no estaba en circulación, y sus rostros deprimidos y consternados sobre el futuro de la economía mexicana. Un preocupado y fiel empleado entraría a una gran oficina amaderada en caoba, aventando la puerta y diciendo al juntas sus manos con rostro temeroso "Señor, Falta una moneda de un peso ($1 M.N.) en circulación..." A lo que el jefe contestaría "¡No es posible! ¡¿A dónde va el país?! ¿Qué pensará la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe)?" Y remataría con un depresivo "No hacemos bien nuestro trabajo..."

Después de esta alucinación marca "Diablo", me golpeó como la puerta de aquel elevador descompuesto cuando trabajaba en la repartición de oficios (claro, sin la sofocación y la vergüenza): Este es el verdadero punto de todo. No puedo imaginar como sería respetar siempre la misión que cada uno supone deben tener la cosas. Me refiero a que yo puedo suponer que los platos se hicieron para comer, pero estarían en desacuerdo todas aquellas ancianitas que gustan de coleccionar platos y colgarlos en las empapeladas paredes de sus casas... Es más, de seguro, una turba furiosa, con antorchas y trinches, me perseguiría con ánimos asesinos después de que me haya jambado un buen plato de mole con pollo en el plato que sirve de trofeo en el torneo de Wimbledon... Aunque, pensándolo bien, Venus Williams o Andrea Agassi podrían darse el lujo de comer en sus trofeos (tienen decenas)... Pero de seguro Ana Kurnikova SÍ querría matame, digo, ella no tiene ninguno. O que hay de las muñecos de peluche que adornan las habitaciones de muchas niñas y mujeres (y algunos hombres), que de seguro soñaban con ser abrazados y queridos por algún infante... La verdad es un punto que se juzga más por apreciación personal que por sentido común.
Creo que la misión da cada ser en el universo, en realidad, se dicta por lo que a éste le acontece, es decir, si el peso ($1) hubiera acabado en la bolsa de basura, ergo, su misión era la de no ser intercambiado por productos ni servicios, su misión última habría sido ser despediciado y quedar oculto cual precioso tesoro (en la basura, por cierto). Creo que el lugar en el universo, la misón última, el orden divino, es estar, sufrir nuestras desgracias, vivir nuestras alegrías, afectar nuestro entorno.
A manera de conclusión, todo esto me reconforta porque significa que cualquier cosa que haga estará dentro del objetivo de mi existencia, hacer cada cosa que hago o no haber hecho aquellas que no hice, encaja en el diseño divino. Así tengo la confianza de que todo lo que vaya a pasar es porque debe de pasar, aunque no sea lo que quiero o lo que más me convenga. Después de todo, creo que también debe ser reconfortante para la moneda del piso del baño (actualmente en la tapa del depósito del inodoro), porque no sólo NO fue a dar a la basura sino que, además, me inspiró a adentrarme en la complejidad del universo y la existencia... ¡Espero esté orgullosa!
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