sábado, 8 de septiembre de 2007

El hombre que tomó píldoras anticonceptivas o la verdadera bruja de blanca nieves.


Recientemente un allegado me comentó que había tenido relaciones sexuales sin protección con su novia, y que la ocasión ameritaba el consumo de la pastilla del día después (que no son abortivas, quiero aclarar). El punto era que la fémina se negaba por la incomodidad y nerviosismo que esa acción le conferiría y, como último recurso, el novio en cuestión se ofreció a ingerir el mismo medicamento.
El resto de la anécdota estaba mancillado de malestares generales, propios del desajuste hormonal, pero el punto importante ha quedado plasmado por sí... El susodicho novio, buscaba convencer a la mujer al tomar del mismo "veneno" para demostrar que era seguro; pareciera como cuando uno trata de convencer a un niño o una mascota de que el dulce que se le ofrece (cuya naturaleza infunde desconfianza) es comible, y dependiendo de la capacidad del estafador, hasta puede parecer que tenga buen sabor. Por otro lado, las razones por las que el novio tuvo la necedad de hacer que la mujer deglutiera dicho medicamento, pero lo verdaderamente curioso es su afán seductor. No conforme con haber seducido a la novia (digamos, para hacerse novio, o para tener relaciones, etc.) también la sedujo, como la bruja a blanca nieves, a tomar las desembarazosas píldoras. Él clamó que era una especie de igualdad: tú las tomas y yo las tomo; pero en realidad era una treta para lograr sus fines ulteriores.

Ahora tenemos toda la información para generar la imagen que tuve en mi cabeza mientras escuchaba aquella chanza. Teníamos a una novia timorata y a un novio preocupado que, para convencer a su novia a tomar las "píldoras del día siguiente" las tomó él también. En mi mente, esto se veía así: Un pequeño perrito libidinoso (de esos que se paran en dos patas y asemejan la copulación con la pierna del humano más cercano) que es incitado por un hombre jorobado y feo a comer un insecto horrible, lamiéndolo con frenesí enfermo, para luego ponérselo al perro en el hocico (en repetidas ocaciones) hasta que éste lo ingiere... Sobra decir que fue perturbador.

La verdad es que el sujeto se atrevió a aventurarse a un lugar que la mayoría de los hombres no nos aventuramos, pero su motor no fue, en lo absoluto, la búsqueda de la igualdad de género, fue su propia conveniencia.

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