Resulta que un día saqué la basura, actividad que requiere de gran coordinación para abrir puertas con una mano para evitar posibles contaminaciones del suelo residencial y de las prendas de vestir de aquel quien retira los desechos del sacro hogar. La hora designada para esta actividad es pasadas las 21hrs, ya que la unidad recolectora de desechos (camión de la basura) estila hacer su aparición a eso de las 23hrs. Haciendo suertes y dominadas logré retirar los residuos y los coloqué en el lugar designado para su recolección (la esquina, pues). Llegado a la esquina decidí acudir a la tienda de abarrotes más cercana para adquirir bebidas de bajo contenido nutritivo, pero de sobrado sabor y rotunda predilección popular (o sea, unas cocas).
Cuando regresaba del expendio con mi líquida carga, me percato de que en la entrada de mi edificio se encontraba un espécimen aviar de aquellos que se encuentran en las granjas (una gallina). El ave, un digno ejemplar del Gallus gallus hembra (colorada y todo), presentaba una notoria ausencia de plumas en la región comprendida entre la fárcula y la quilta, cosa que denotaba que dicho animalejo había escapado por alguna cavidad estrecha. La ovípara en cuestión me causó gran impresión ¡Un espécimen vivo de esa taxonomía, aleteando y gorgoreando en el umbral de mi edificio!
Mi primera impresión fue que vería a un granjero (con overall de mezclilla y sombrero de paja) mirando al suelo furtivamente y tronando los dedos mientras entonada algún llamado animal... Esto no sucedió... Luego pensé que una niña pequeña (hija del granjero y con las mismas fachas) pasaría cabizbaja y sollozante buscando al plumífero de sus afectos, a quien llamaría por el nombre de "chinchita" (apodo que tendría su origen en una añeja anécdota familiar - bueno, no muy añeja, las gallinas no viven mucho -). Pero no hubo granjero, ni niña, ni operador de camión pollero recolectando sus pérdidas. Nada de eso, lo único que obtuvo la gallina fue un asombrado espectador con botellas de refresco en las manos.
Una vez constatado el innegable abandono que sufría la gallina, tuve a bien subir a mi departamento para deshacerme de aquello que estorbaba en mis manos... Cuando caminaba por la escalera pensé: ¿Cómo puedo ayuda a la criatura cocoreadora? ¿Podría encontrar la forma de tenerla en casa hasta que su legítimo dueño (niña, granjero o corporación multinacional) regresara por ella? ¿Habría un hogar para gallinas maltratadas que escapan de su gallinero por el sueño de algo mejor? La verdad no lo sabía... Lo que sí puedo asegurar es que comencé a explorar la posibilidad de atrapar delicadamente a la gallina y tenerla en casa. La idea no fraguó. La razón es sencilla: tengo un hurón en casa, y los hurones comen gallinas. La idea de llevar a la gallina de una muerte horrible a otra no me resultó atrayente, aún cuando su batalla campal entre hurón y gallina fuera para lograr mi favor... Digo, no soy un emperador romano, y la gallina y el hurón tampoco son gladiadores... aunque... Bueno, el punto fue que no tuve manera de ayudar al ave en desgracia.
En este punto, yo ya había entrado al departamento, dejado los refrescos, tomado mi cámara fotográfica y me encontraba bajando nuevamente. Llegué a la puerta de la cochera, y fotografié al ejemplar Gallus gallus (fig. 1). Acto seguido, tomé una fotografía a un lado del ave, tomando una considerable distancia de seguridad, para evitar contingencias (fig. 2). Las fotografías no tenían otro fin mas que hacer verosimil mi historia ante amistades y terceros, porque hasta yo la considero medio increíble. Una vez documentada la presencia de la gallina en mi edificio habitacional llamé a emergencias como mi último recurso, esto porque no supe a dónde comunicarme y pensé que posiblemente pudieran orientarme sobre alguna dependencia u organización que pudiera tomar el control de la situación... No fue así, ¡Nunca logré que operador alguno tomara mi llamada! De buenas que no estaba siendo asesinado, asaltado, en dolor o necesidad, porque hubiera muerto indudablemente.
El nuevo y único plan falló. No me quedó más que quedarme con la gallina hasta que ésta se acurrucó en un rincón del portón y quedose dormida. En ese momento, me resigné a que no había nada que hacer, y subí a mi departamento... Con culpa y pesar.
Al día siguiente no había gallina, no había plumas ni sangre, tampoco huevos ni la basura que bajé la noche anterior... Desconozco el paradero del ave, sólo espero que dondequiera que haya terminado, haya sido bien recibida y cuidada.


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