sábado, 2 de julio de 2011

Del posible contenido del manuscrito de Voynich, o breve tratado herbo-kármico

Mi relación con las plantas suele ser de dos tipos: las cuido o las como. Es así porque no me he topado con otra posibilidad, quiero decir; cuando me encuentro con una fresca lechuga desparpajada y tasajeada en una ensaladera, o con una vaporosa y acanelada manzana horneada, estoy en el entendido de que es mi imperativa obligación comerla. Por otra parte, la Beaucarnae recurvata (mi querida patita de elefante), las Menthae piperitae (que parece me he empeñado en asesinar) y los caprichosos babúes, son autótrofos que deben ser atendidos y mimados. Estas asociaciones son directas y, aunque pueden llegar a mutar, sólo oscilan entre estas dos únicas opciones.
Puede alguien ser amoroso con un manzano de su propia huerta, ser malagradecido con un carabolo refundido en el patio trasero, o coqueto con una matita de orégano, y eventualmente comerlos. Digamos que hay una migración de la relación 1 a la 2.
Otro caso es aquel en que uno come deliciosamente un guacamole, saborea un jugo de naranja, o se embadurna la bocaza por atragantarse un pedazote de sandía y, una vez satisfecho, decidir cultivar las semillas para que un día, después de mimos y desvelos, tener un rebosante árbol o arbusto. Ahora, la mutación fue de la relación 2 a la 1.
Para mí, estas habían sido los inequívocos vínculos que podían unirme con los habitantes del reino plantae (y el fungi), y creo que también para la mayoría de mis conocidos. Aún cuando cabe la posibilidad de que alguien “la riegue” comiendo ensalada, o se “tenga que tragar” las diminutas arboledas que las progenitoras adoran colocar en áreas que evidentemente fueron diseñadas para el deleite y esparcimiento de los párvulos, o la malsana satisfacción que encuentran las abuelas en el complejo y nunca bien ponderado macramé, estos hechos no constituyen una cambio en la relación herbáceo-humano. Empero,

Que equivocado he estado.

Hace poco llegó a mis oídos una anécdota. En ella, una mujer respetuosa de las antiguas costumbres, se sentía alicaída porque sus dos hijas, trabajadores y decentes, no conseguían novio o marido. Ante este agobio, una vecina le hizo una observación: sus dos hijas no se casan porque fuera de su vivienda hay un cerezo (o una jacaranda, la historia es confusa en este punto tan crucial). Ante este argumento, la doña quedó desarmada ¿Cómo puede un árbol sembrado en la vulgar banqueta, ser el causante de mi pesar? Pero era tal su desesperación, tal su ofuscación, que decidió podar y arrasar con el prúnido. Una vez consumada la inmolación, ambas hijas consiguieron sendos maridos en cosa de meses.

Esta narración, asombrosa verbigracia de la tradición oral, me perturbó hondamente, y ¿A quién no? ¿Es posible que nuestro destino, logros y desgracias, profesiones y estados civiles, estén gobernados por la especie vegetal que yace impávida en el frente de nuestros hogares? ¿Será que nuestra personalidad y atractivo al sexo opuesto están gobernados por la edad y lozanía de un árbol? De ser así, esto revelaría que hay una tercera relación entre plantas y personas; una relación kármica.

Ahora, ¿Cuál será el glorioso o ignominoso augurio que impone un gramínea? ¿Las monocotiledonias tienen una función adicional a la torturarnos durante la educación nivel primaria? Pensando en este “Fito shui” me he dado a la tarea de recordar la historia de familias (reales y ficticias), para conectarlas con los especímenes herbáceos que adornaban, escondían, alegraban, ensuciaban y/o engarzaban sus casas. El fin último de este esfuerzo es la creación de un legajo que permita a los ávidos plantadores, no ocasionar una desgracia familiar de proporciones biblicas, o de fastuosidad telenovelezca.

  • Especie: Efecto kármico
  • Aguacate: Deleite por la vida campestre.
  • Arbusto: Alta tendencia al rubio platinado.
  • Bambú: Profesión musical con acentos extranjeros.
  • Belenes: Renuencia a lavar la ropa.
  • Bonsai: Diseñadores.
  • Bugambilia: Niños fantoches, niñas ordinarias.
  • Cactáceas: Abogados.
  • Carambolo: Quejosos.
  • Cerezo: Prole será soltera e desagradable para el sexo opuesto.
  • Césped: Gran goce por las reuniones y festividades.
  • Césped + hierbamala: Angloparlantes.
  • Ciruelo: Alta ocurrencia de romances entre clases sociales.
  • Enrredadera: Familia exitosa, empecinada y de mal carácter.
  • Ficus: Personas de grades dimensiones físicas.
  • Granada: Familia fanática del balón-pie.
  • Guayabo: ¡Embarazo múltiple!
  • Hule: Tendencia a la vida religiosa.
  • Helechos: Atraen a niños traviesos.
  • Limonero: Atrae a los infantes (propios y convidados).
  • Mango: Predilección por el picante y el limón.
  • Nochebuena: Familia que pasa mucho tiempo fuera de casa.
  • Nogal: Médicos.
  • Nopal: Descendencia con altura superior al promedio y tialismo.
  • Manzano: Académicos. Tendencia a sufrir robos.
  • Olmo: Temor al “escándalo”.
  • Orquídea: Tendencias obsesivo-compulsivas.
  • Pino: Gustos retro.
  • Pirul: Deleite por las artes adivinatorias y de higienización del aura.
  • Rosal: Salvajismo.
  • Sin plantas: Contadores e ingenieros.
  • Zacate: Deleite por la música de banda y los melodramas.
  • Por último, si las plantas mueren incesantemente y sin razón aparente, es probable que usted esté estudiando un posgrado.


Así que antes de querer engalanar la fachada de su casa, observe atentamente la onerosa relación entre su familia y el herbáceo. Recuerde que el futuro de su familia está en sus manos, o ¿Ramas?

NOTA: Este documento no pretende, en ninguna forma, incitar al lector a maltratar o desterrar a ninguna especie vegetal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Enriquece esta entrada.