viernes, 22 de febrero de 2013

Sobre la ubicuidad fantasmagórica, o dónde quedó el muertito.

Cierto día atestigüé a una pareja joven buscar hogar. Recorrieron diversas casas, analizando desde la calidad de sus cimientos, hasta la sensación térmica en el interior, sin dejar de lado el rumbo, costo y amplitud. Cuando se encontraban en domicilio que conjuntaba un cohorte de los requisitos demandados, la joven pareja se dispuso a trabar una oferta seria. El representante de bienes raíces mostró una rubicunda sonrisa cuando supo que había unos posibles compradores para el inmueble; comenzó lo que evidentemente era el preludio de un ardid: Enumeró cada una de las bondades de la residencia, desde la fineza de los acabados hasta la cercanía de tienduchas de abarrotes. Cuando terminó la retahíla de virtudes comentó la nimiedad de que el último dueño utilizó la casa a manera de geriátrico. El elemento femenino de la pareja incurrió "¿Cuántos viejitos había?", "unos cuantos, tal vez 9 o 10" contestó de inmediato el representante. La siguiente pregunta no se hizo esperar "y... ¿Cuántos murieron aquí?". La angustia se arrellanó en el rostro del vendedor y hubo una reticencia a tocar abiertamente todo el asunto; la pareja se agobió, el representante hacía lo posible para salir del apuro, y todos se fueron con un mal sabor de boca (pero no era sabor a viejito, sino a decepción).
Comencé a reflexionar sobre cómo se ajaron todos los involucrados ¿Qué fue lo que una aceptable mansión perdiera todas sus virtudes abruptamente? ¿Cuál es el motivo ulterior que provoca a los vivos no querer residir donde han fenecido los muertos? Mi primera hipótesis fue: el temor a los fantasmas.
Desde tiempos inmemoriales, la muerte despierta en los vivos todo tipo de respuestas; desde los instintos de supervivencia hasta curiosidad y morbo. Las usanzas de diversas naciones y religiones nos exhortan a dar espacio, respeto y hasta temor, a aquellos cuyo metabolismo alcanzó el equilibrio. Si alguien nos diera a elegir entre vivir en la casa donde alguien ha muerto de forma trágica, a un hogar donde ningún deceso se ha registrado, la mayoría escogería la segunda opción. Empero, tengo algunas dudas respecto a las manifestaciones estigias. Quiero aclarar que no discuto la existencia de la vida más allá de la muerte, lo que cuestiono son detalles operacionales, digamos, preconcepciones que las personas tenemos a este respecto y que no me son claras del todo. Así, he divido esta discusión en tres argumentos fundamentales para que los expertos, los fervientes y los entremetidos discurran por igual.

Imaginemos a Faustino Calavero, hombre ejemplar, de excelente prosapia y honorable prestigio. Un día por la noche acude a escuchar misa de 8pm en el templo de la Inmaculada Concepción, en la misma ciudad donde Faustino Calavero radica, pero al extremo opuesto. Don Faustino compra una bolsa de cotufas y las come mientras cruza la calle para subir a su auto. Entretanto, un aguerrido e intrépido repartidor motorizado de alimentos pasa raudo a su lado, espantándole a Don Faustino hasta el Espíritu Santo. Don Faustino, representante de las buenas costumbres viales, levanta el brazo en franca mentada y grita imprecaciones furibundas al motociclista, con la boca rebosante de palomitas de maíz. La desgracia no se hace esperar, y Don Faustino aspira una de los granos hasta el pulmón, comienza a ahogarse y en segundos, después de agitados ademanes y púrpuras muecas, cae de bruces al suelo, fulminado. Discutamos:


1. ¿Los fantasmas aparecen en el lugar en que murió la persona?


Digamos que el espíritu mohino de Don Faustino penará entre ambos mundos ¿Su fantasma se aparecerá donde ha muerto? Esto es, a media calle. O ¿Su fantasma aparecerá en el panteón, dónde se encuentra la cripta familiar de los Calavero? Aclarar este punto es de vital importancia ya que, si los fantasmas aparecen en el lugar dónde los vivos pasaron a mejor vida, entonces los hospitales, geriátricos, campos de guerra, curvas peligrosas y de escaso peralte, estarán infestados de fantasmas, mientras que los cementerios no deberían tener ninguno. Esta idea nos pone en un verdadero predicamento, ya que, si todo ser humano fenecido es potencial fuente de espectro, podemos hacer un cálculo sencillo:
- La cantidad de personas que se estima ha vivido desde la aparición del ser humano es de aproximadamente 108 000 millones de personas (según el "Population Reference Bureau"), 
- La superficie habitable de la Tierra es 105.5 millones de Kilómetros cuadrados.
- Si dividimos la cantidad de personas que han vivido, entre la superficie disponible para que hayan habitando, encontramos por cada 976 metros cuadrados debió morir una persona. Esto es, que si estamos sentados en el comedor de nuestra casa, hay una probabilidad de que a 15 metros de dónde estamos, una persona murió, ¡Dondequiera que nos encontremos! Ahora, si quitamos la superficie de la Tierra donde no habitan personas, donde no podemos acceder e involucramos la densidad poblacional, resulta que este número puede disminuir a la mitad. Quiero decir, cada 10 pasos o menos, encontraremos el lugar donde alguien ha muerto ¡Esto es un hervidero de espectros!

2. ¿Los espíritus penan en el lugar en que se ubica su cadáver?

En la otra perspectiva, si Don Faustino Calavero aparece dónde se localiza su cadáver ¿Por qué habría fantasmas en los hospitales, geriátricos, casas y demás lugares de ésta índole? Y ¿Qué pasa con aquellos que cuyos cuerpos han sido cremados y las cenizas se esparcen? ¿Aparecen en todo lugar? O ¿Aparecen donde la mayor cantidad de cenizas cayó?

3. ¿Cuál es la duración de un espectro?

Mi intriga es que no he sabido que actualmente se atestigüen apariciones del fantasma de un cavernícola ¿Qué conjunto de condiones dictan la caducidad de una aparición? Y en esta misma dirección ¿Los fantasmas mueren? Y si lo hacen, ¿Se les llamaría "refantasmas"? Y ¿Los refantasmas asustan a los fantasmas?

Dado lo anterior, creo que angustiarse por cohabitar el espacio donde hubo un fallecimiento, estiramiento de pata o colgada de tenis, parece no tan importante, ya que o tendríamos que dar por hecho que hubo más muertes a metros de distancia nuestros en todo lugar (postulado 1) o podemos estar seguros de que las apariciones existen en un espacio confinado donde sólo perturban a los veladores y aventurados (postulado 2). Por último, ninguna de las anteriores importa, sólo hay que esperar que ese sello de caducidad en la frente del inmaterial invasor pierda su vigencia (postulado 3) y tendremos una zona libre de apariciones. Todo arreglado para los nuevos buscadores de hogar.