miércoles, 8 de diciembre de 2010

Nuevo edificio, nuevo tratado criptozoológico

Mi nueva residencia ha traído, ya, nuevas y emocionantes experiencias. Una de ellas me llena de angustia, de pesar, y últimamente me llena de angustia y temor. Compartiré raudamente una serie de evidencias que me llevan a una única conclusión, aterradora, capaz de tenerme lleno de angustia cada vez que camino por la angosta escalera del edificio:

1. Cuando deseaba surtir el tanque de gas estacionario, por primera vez, me dí a la tarea de identificarlo. Sabía que se encontraba en el último piso, nada más. Subí velozmente para encontrarme con las típicas jaulas de lavado y tendido; orgullosas cámaras de chismes e imprecaciones que más gustan a la señorada que a la juventud. Aún debía subir una escalera construida en tubo, cementada a la pared, escurrirme por un bajo pasadizo y llegar hasta la plataforma donde los tanques coexisten. Mi asombro fue descubrir una cantidad insalubre de excretas de aves y plumas, suficientes como para hacer docenas de plumeros y sacudir el centro histórico. No había ningún ave en ese momento, el sol rayaba las 13 horas. Detecté el tanque y me alejé, asqueado, del que parecía ser el plató de filmación de la película "aves" de Alfred Hitchcock.

2. Cada mañana al levantarme, deambulo en un estado de suspensión onírica, entre una visión borrosa y uno que otro tumbo que me hacen sufrir los traviesos muebles que cambian su posición maliciosamente a mi paso. Bueno, ¿A quién engaño? Voy chocando sonámbulamente con todo lo que hay a mi paso. Sin embargo, el único sonido que escucho lúcidamente, día tras día, es el zurrido de alguna paloma; de una paloma de grandes pulmones, ya que aún mi poca claridad cognoscitiva lo identifica. Luego, antes de las nueve, cesa el arrullo sin más.

3. Casi en sendas ocasiones que visito la escalera, encuentro plumas. No soy experto en la rama, empero puedo presumir que pertenecen a un colúmbido, de aquellos tan vulgares gris y blanco que abundan en las plazas, y mancillando el negro de mi carro.

4. Un día, después de hacer el aseo estaba relajándome en el patiesillo, en compañía del calentador de agua y una cerveza, cuando una parvada descomunal de pichones cruzó el cielo en el ocaso para plantarse en la azotea de mi edificio. Arrullaron un par de minutos y luego, un inexplicable silencio.

Dado que mi día a día es analizar evidencia disponible para generar la explicación más razonable del fenómeno observado, siguiendo el método científico, siendo fiel al principio de Occam y comparando mis hipótesis con aquello que ha sido documentado en textos científicos; he llegado a una única e inequívoca conclusión:

- En la azotea de mi edificio vive una criatura mitad hombre mitad paloma.

Esta conclusión realmente satisface todas las premisas impuestas por la evidencia disponible, además de explicar completamente las posibles vertientes que se desgajen de ellas. Aquí la demostración, empatando el número del hecho descrito anteriormente, con su contundente explicación:

1. El hombre/paloma es la criatura que deja esa cantidad exorbitante de excretas y plumas en la azotea, digo, sólo un pichón de tamaño humano puede defecar y desplumar así.

2. El hombre/paloma despierta a la misma hora que yo y entona cánticos en sus abluciones matutinas.

3. El hombre/paloma usa las escaleras para entrar y salir del edificio; esto tiene mucho sentido ya que en el tiempo que llevo viviendo ahí, sólo conozco a una vecina... y son 6 departamentos.

4. El hombre/paloma es visitado en las noches por sus admiradores. Digo, una criatura como esa, debe ser admirado entre sus congéneres palomas, y si habita en la azotea de mi edificio, es razonable que tenga sus despliegues de vida social allí mismo.

Podemos expandir la idea y unir estos hechos, generando nuevas y verosímiles explicaciones a la presencia del hombre paloma:

- El hombre/paloma añora, más que ninguna otra cosa en la creación, tener una vida de humano común y corriente, como "Kíkir bú", tal vez esa fue su inspiración. Esto mismo lo obliga a querer usar las escaleras en lugar de tomar el vuelo. También explica a dónde se va de 9 de la mañana a 9 de la noche... ¡¡Pues va al trabajo!! que mejor manera de humanizarse que teniendo un trabajo. Probablemente es un oficinista, y esconde al mundo el hecho de que es un pichón enorme. Incluso, es considerado es mejor empleado porque no platica con sus compañeros ni pierde el tiempo jugando solitario en la computadora. Ha de ser altamente eficiente, ya que teclea en la computadora con sus patas y el pico, permitiéndole realizar el doble de trabajo que sus co-oficinistas. Y, debido a que mantiene su identidad de pichón en secreto, le ha prohibido a sus admiradores pichones que lo visiten en la oficina, por lo que sólo pueden disfrutar del placer de admirarlo cuando está en casa, en la azotea de mi edificio.

Como puede observarse, mi razonamiento es impecable. Aún cuando mi agobio por su presencia no se debe a la aberración de la naturaleza que conminó en su existencia, ni al hervidero de enfermedades que se gesta en sus montículos de heces, ni en el perturbador sonido que me altera cada mañana, sino que esté observándome, acechando, buscando el momento en que me haya estudiado lo suficiente para robar mi identidad. Quiero pensar que si esto llega a suceder, la gente lo notará. Se preguntarán porqué ya no soy dicharachero, que ha pasado con mi sedoso cabello, porqué se ha perdido mi singular alegría y morboso sentido del humor. Quiero pensar que notarán un profundo cambio en mi persona, quiero pensar que se preguntarán porqué he comenzado a defecar en público, o porqué dejo plumas por adonde quiera que voy... Quiero pensar que habrá personas preocupadas y notifiquen a la policía de mi extraño y nuevo comportamiento; que mis padres serán desconfiados y exijan ver mi marca de nacimiento; que mi hija preguntará mirará con desdén al impostor. Sin embargo, y aquí viene la parte más aterradora, que tal si la gente lo nota, y decide no decir nada; aceptar mi nuevo yo (es decir, al hombre/paloma que ha usurpado mi identidad) y pensar "este Manuel me gusta más que el otro" o "Este ser que ha suplantado a Manuel es más simpático ó menos voluble o más agradable o menos criticón".

Sin importar que sea lo que pase, el hombre/paloma es una realidad y estoy pensando seriamente hacerle una visita y regalarle unos granos de maíz, digo, se acercan las fiestas y quiero ser un buen vecino... Tal vez así, decida no agenciarse mi identidad.

sábado, 25 de septiembre de 2010

De la difusión de la ciencia, o de la reformación del piropo guarro.

Viendo diversos programas de concursos, aquellos donde los participantes hacen gala del acervo de conocimientos que han acumulado, caí en una profunda depresión... No me explico en qué momento de locura alguien adujo que la madera es un elemento químico, que el aire está compuesto de dos moléculas de oxígeno y una de agua, y que el espectro electromagnético se aparece en el panteón de San Fernando.

Si bien es cierto que la ciencia no es una disciplina del agrado de muchos, es cierto que todo es suscetible de ser analizado por ella. Es decir, la ciencia esta todo el tiempo a nuestro alrededor, pero no es hasta que la conocemos que realmente nos percatamos de este hecho.

El agobio y la preocupación obnubilaron mi corazón... ¿Cómo podría yo lograr combatir esta terrible ignorancia que nos azora? ¿Cómo puede alguien ser expuesto al conocimiento científico de forma tal, que forma parte integral de su vida diaria, de su bagaje cultural? Se me ocurre que, si bombardeamos de frases con alto conocimiento científico a las personas que no están inmersas en la ciencia, tal vez lograríamos imbuir en ellas este conocimiento de forma sencilla y sutil, indolora y casi imperceptible. Para lograr esto es necesario hacer uso de una herramienta conocida por todos los mexicanos, un acervo flotante e invisible, que todos conocemos y que podemos poner a nuestra disposición... Los piropos.

Al alterar el contenido de frases coloquiales, de conocimiento general, podríamos insertar datos y hechos científicos con múltiples benficios: i) aumentar el conocimiento científico disponible al público general, ii) generar una atmósfera de respeto entre desconocidos que intercambian ideas en voz alta, iii) incrementar vertiginosamente la divulgación de información relevante para la sociedad.

Así, la formulación propuesta es:

  1. Dividir el piropo en dos partes: introducción (o situación) y complemento (acción).

  1. Sustituir el complemento (acción) por un dato o hecho científico.

  2. Dirigir el piropo “reformulado” a un incauto escucha.


Imaginemos que una atractiva muchacha con un vestido rojo bermellón camina despreocupadamente por la calle. Al tiempo, un albañil sale de su escondite detrás de un barda y grita: “Esa de rojooo...” y cuando la fémina voltea para dirigir una mirada llena de reproche y ofensa al gritón, el albañil complementa su comentario con: “...absorve las longitudes de onda azul y amarillo de la luz blanca”. La estupefacta dama no comprende lo que ha sucedido, pero las palabras del mozalvete, sin duda, han quedado grabadas en su mente. En ese momento, el conocimiento ha sido transmitido, y dicha mujer ahora sabrá que su atuendo es rojo porque las fibras que lo conforman retienen la radiación azul y amarilla, reflejando únicamente el color rojo.

Un joven gallardo, fornido y con rasgos atractivos está sentado en la parada del autobús. En eso, un grupo de muchachas pasa en un pequeño auto convertible. Envueltas en risas, las muchachas gritan al joven: “Con esa macanota...” Al joven volea asustado y completamente ruborizado, a lo que el resto de la frase no se hace esperar “... Se transfiere el momentum cuando no se aplica la fuerza en el fulcro” El joven ha quedado anonadado, y con cara de idiota ve alejarse a las risueñas jovencitas, dejando conocimiento sobre mecánica impreso con fuego en la mente.

Una mujer voluptuosa camina apresurada por la calle, cuando un panadero para en su bicicleta, con una enorme canasta de pan recién horneado en la testa. Mira a la mujer y dice: “Con esas tortas...” La mujer se sulfura y busca rauda con la mirada un objeto para lanzar al ciclista, cuando éste completa su diálogo “...¡Se realiza una operación de filtrado muy eficiente!”. La mujer detiene su búsqueda visual y levanta lentamente el rostro con una expresión de duda y congoja. ¡Bam! Conocieminto sobre separaciones mecánicas está implantado en su cerebro.


martes, 3 de agosto de 2010

Unas de insectos


Capítulo 1

Hace unos días encontré una araña en mi cuarto; era de aquellas botijotas, muy brincadoras y de patas cortas. El arácnido se deslizaba ágilmente sobre la puerta del baño, buscando el suelo. La descubrí por accidente porque estaba en busca de algo que ahora no recuerdo, y decidí dejarla ser. La experiencia me ha enseñado a respetar la vida, y en general, no suelo matar insectos (ni comer carne). Imagino ponerme en la situación de bicho, cubriendo con el redaño la circunstancia social, los motivos y provocaciones del insecto, arácnido o artrópodo en cuestión. Sería algo así:

  • - A un padre de familia, alopécico y anodino, se le ha encomendado la sencilla, pero importantísima tarea de recoger (y pagar, obviamente) el vestido quinceañero para su hija. Se le indicó que se trataba de un vestido morado bituminoso, con 8 crinolinas de colores removibles y de corte “strapless”. El patriarca no conoce la ubicación de la tienda, pero le han provisto de un esquema que muestra el camino. Por algún error simple de orientación, da una vuelta equivocada y se siente perdido; mira a su alrededor con angustia, comienza a buscar el camino de regreso y no lo encuentra. Han pasado 20 minutos, que parecieran horas y comienza a pensar en las repercusiones funestas de que el vestido llegase tarde, la ira de la infanta, la mirada de decepción de la madre, la horrible culpa propia y la frustración de no poder seguir un simple mapa… De pronto atina al vislumbrar el lugar donde erró la vuelta, y se apresura a retomar su camino, la sonrisa vuelve a su rostro y comienza a apresurarse más, los malos pensamientos se extinguen y el alivio comienza a expandirle el pecho cuando un zapato enorme de 25 toneladas cae, dejándolo tan plano como un burro de planchar.
  • - Un serio y moderadamente obeso oficinista camina por la calle entrada la noche. Viene de regreso del trabajo y está cansado, pero no tanto como para omitir algo sospechoso… Una sombra lejana le asusta ¿Quién será? ¿Me querrán asaltar? Con la inseguridad y eso, y hoy que fue quincena ¿Un secuestro exprés? Pero debo pagar la renta mañana, y la medicina… No, caminaré tranquilo, pero un poco más deprisa, sin llamar la atención, tal vez se alejen, o me ignoren, si todos me ignoran, en la oficina el Lic. Patiño lleva 6 meses diciéndome “Roberto”, y en la secundaria, cuando quise platicar con Catalina me preguntó que de qué salón era, cuando siempre le hacía la tarea de computación, sí, todos me ignoran, no pasa nada, no pasa nada, sí, eso… ¿Qué? Ya se fue… ¡Uf! ¡Que alivio! Y justo cuando llegué a la puerta de la casa. El oficinista, después de ese revelador monólogo, entra a su hogar haciendo el llamado que acostumbre, yo elijo el “¡Ya lleguéeeee!”. La familia gustosa aparece para saludarle y prepararse para la cena. Las risas y las quejas del día aparecen, una pequeña tertulia toma lugar cuando una siseo ensordecedor sofoca el bullicio, así como a toda la familia, con un tóxico gas que los hace toser hasta morir.
  • - Una madre despide a su prepúber hijo, antes de que salga a jugar con los compañeros de la cuadra. La señora ha visto salir al crío un sinnúmero de veces y regresa a sus labores. El chamaco ve a los amigos y después de un ritual incomprensible de saludos juveniles, se disponen a haraganear por la cuadra. Uno de los escuincles arrebata su cachucha otro y comienza la carrera, los demás ríen desde su lugar mientas los otros dos corren y giran un detrás del otro y una enorme reja cae tan rápido del cielo que ninguno de los dos alcanza ni a reaccionar. Los amigos se quedan fríos y pálidos y antes de que puedan hacer nada, la reja se ha levantado y los ha aplastado a ellos también.
Así es, en mi cabeza, aquellos tienen vidas completas, análogas a las nuestras, con circunstancias, con emociones, con angustias. Considero que un insecto es una criatura indefensa, que poco o nada entiende de dónde se le es permitido estar y dónde no, y el hecho de matarlos es un acto de prepotencia o de ignorancia o ambas. La gran mayoría de los insectos son inofensivos y no transmiten enfermedades. Estoy de acuerdo que hay circunstancias en donde esto debe hacerse (como cuando hay una cucaracha cerca de la comida, una araña muy venenosa, una plaga devorando un cultivo, el dengue) y que se haga. Hay otros casos en donde podemos sencillamente admirar la vida y reubicar sin lastimar al exoesquelético amigo, para que siga su camino y nosotros, lo mismo.


Capítulo 2

En cierta ocasión, salía de una larga jornada del laboratorio. Me dirigí a mi automóvil (el único en el estacionamiento, gracias) y descubrí que en la ventanilla, del lado del conductor, se encontraba un coccinélido negro con motas doradas (una catarina). Estaba quieto, imperturbable, adherido al vidrio y me pareció inoportuno molestarlo. Supuse que al abrir y cerrar la portezuela, el sujeto volaría. No fue así. Esta yo sentado, lazado, listo para arrancar y el bicho no se había movido. Pensé "bajaré la ventanilla, y el volará" pero mi polisón estaba muy arriba, y al bajar el vidrio podría volar hacia adentro del auto (una cosa es que no lo quiera asustar y otra es que lo quiera adoptar). Resolví que al arrancar la marcha, el viento haría lo propio y lo desprendería sin mayor problema. Tomé la ruta que siempre manejo para dirigirme al lugar en el que me estaba hospedando y, aún siendo una ruta rápida, la mariquita no se desprendió. Cuando llegué a mi destino, mi multípodo amigo seguía en su misma posición.
Una vez fuera del auto pensé ¿Deberé darle albergue, en una botella o algo, y regresarlo a su lugar de origen mañana? Está muy lejos de su hogar, tardará mucho en regresar ¿Qué tal si su deseo era explorar otros lugares? ¿Y si hay escasez de trabajo o alimento en su zona, y decidió migrar?¿Estará buscando el sueño "insectano" yendo a "chambiar al otro lado"? Los motivos que había impulsado a la chinita a viajar conmigo, aparecieron en mi mente como la cola de un pavo real. Decidí darle la opción. Me dije que si al volver mañana al auto, la vaquita de San Antonio seguía allí, la llevaría de vuelta.
Meditabundo, realicé una serie de sencillos cálculos, para determinar la distancia (a proporción con una persona) que había viajado el sarantontón y el resultado fue que el polizonte viajó a mis costillas poco más de 1600Km. A esta distancia, equivale a que una persona hubiese viajado de San Luis Potosí a alguno de los siguientes destinos:

  • En EE.UU.: Dallas (Texas), Arkansas, Mississippi, Lousiana, Oklahoma, Nuevo México, Tucsón (Arizona).
  • En México: El pinacate (Sonora), Isla Navidad (B.C.N.).
  • En Cuba: Pinar del Río.
  • En Honduras: Tegucigalpa.
  • En Salvador: San Miguel.

Fig. 1: Mapa donde se estima el grupo de destinos posibles a 1611Km
a la redonde de San Luis Potosí.


Toda la evidencia apuntaba a que bicho, de hecho, se fue de mojado; agarrándome de su coyote. Al día siguiente me presenté frente a mi vehículo y busqué al insecto viajero para ayudarlo a volver al sitio donde alguna parte de su travesía comenzó. Él no apareció.

viernes, 4 de junio de 2010

Anquipanegírico

Recuerdo el día que te fui a buscar. Yo no estaba muy convencido de tenerte, pero serías una sorpresa para alguien más. Cuando te cargué, quisiste meterte en la manga de mi suéter, tenías tu “antifaz” y eras tan pequeño. Te compré con todo el kit, desde jaula hasta juguete, y libros para saber cómo cuidarte. Recuerdo que nunca supiste para qué era el sustrato de tu jaula, y jugabas y te revolcabas en él. Recuerdo como inmediatamente detectabas algo nuevo en nuestro cuarto, y lo olisqueabas, mordías, y robabas o ignorabas. Recuerdo que siempre fuiste juguetón, curioso, travieso y odiabas los pies. Recuerdo cuando empezaste a darme besitos; el libro decía que era como tú demostrabas tu afecto, limpiando al otro con tu lengua, que me dejara porque si no te sentirías. Recuerdo tu lengua rasposa, tu olor intenso y el sonido de tu cascabel. Recuerdo que cuando me fui a Arizona todo se descubrió, nos queríamos tú y yo por sobre nadie más. Recuerdo que te quedaste huérfano de madre, y nos quedamos yo contigo y tú conmigo. Así seguimos. Recuerdo que te acercabas y pedías que te correteara. Recuerdo que te robabas la despensa y la almacenabas debajo de la cama para ese invierno que suponías infinito y que nunca llegó. Mi príncipe peludo. Recuerdo tus cuidados cuando me enfermaba, el único que me cuidaba de la gripe, del mareo, de la alergia, del mal del corazón (el real y el figurado).


Aprendí de ti la perseverancia, que no importa qué tan pesada sea una bolsa de botanas o un pan en bolsa, insistencia y una fugaz escapada para tomar agua, hacían que lo lograras. Aprendí que la curiosidad no mató al gato, pero hacía que al hurón se le atorase la cabeza en el cesto de la ropa; aprendí a rascarme la cabeza, y a no andar sin calcetines o pantuflas. Aprendí a tener siempre cerrada la puerta del baño, y a extrañarme ante el silencio, calma que antecede a la travesura. Aprendí que nos teníamos el uno al otro, a hacer piyamadas interespecie (mustélido-humano), aprendí que aún estando yo harto y cansado, tú me esperabas con emoción y que, aún cuando te gustaba más explorar, brincar y subir y bajar, requerías un periódico abrazo que pedías poniéndote en mis pies. Aprendí a nombrar cosas y personas; a todo y todos nos daría significado tu lexema: Anquipapá, anquicomida, anquipapel, aquilimpiador, anquipremios, anquicollar, anquicamita; incluso tú mismo: anquisaurio, anquipeludo, anquipríncipe, anquigordito; y la medida de tu emoción era tu ronquidillo mientras brincabas y el esponjado de tu cola. Aprendí que el hogar, es donde estábamos tú y yo.


Extraño que llegues a morder mis pies cuando salgo de bañarme o cuando me quedo acostado en la mañana. Extraño buscarte cuando te quedabas dormido quién sabe en dónde. Extraño despertar en la madrugada por el ruido que hacías cuando a tu botella no le salía agua. Extraño apartar tu zucarita, la más grande, y ver cómo te la comías emocionado. Extraño llegar y que despiertes. Extraño acariciarte. Extraño bañarte y que no te guste que te cepille el pelo. Extraño cuidar a las macetas de tus arranques escarbadores. Extraño como el cuarto se sentía más cálido sólo porque tú estás. Extraño platicarte cosas. Extraño que te acercaras a la computadora y que pisaras el teclado. Te extraño.


Aún no creo que ya no estás. Me pareció salido de un cuento de Saramago o de García Márquez que el día en que te perdí, tuviera que estar en el funeral de alguien más. Más ficticio aún, que murieras el día de mi santo (corpus christi). Suena falso como empezó a decaer tú energía, y que yo lo achacara a tu edad y no a ese tumor. También me parece irreal que está tu jaula, tu cama, tu plato, tu comida, tu túnel, tu papá (yo), y lo único que falta, eres tú. También es inverosímil como me duele que ya no estés, y lo ridículo que es deprimirse porque muere una mascota. Parece increíble que sigo cuidando mis pies, y que sigo volteando a ver tu cama cuando salgo del cuarto. Suena imposible que sienta que mi vida será diferente sin ti.





Anquilosante (2005-2010)

sábado, 27 de febrero de 2010

De la espontaneidad de la ciencia, o del palomazo ausente del ingeniero

Hace unas semanas, conocí a cierto músico. Dicho juglar es primo de uno de mis compadres, también de la profesión. Resulta que al calor de la fiesta, surgió la posibilidad de solicitar al bardo visitante entonara algunas de las melodías de su creación para el deleite de los asistentes. Los contertulios vitorearon al intérprete al notar que se disponía a embriagarnos (melódicamente, por supuesto) con sus creaciones…


Después de esta escena, en mi mente (aquel lugar huronezco) se gestó un pensamiento, cuya posterior elucubración me ha dejado la desazón de la marginalidad, la ignominia, que ha traído sobre mí mi profesión.

Para poder explicar mi reflexión he de crear un universo alterno, donde en una francachela, el anfitrión ha alcanzado un manso nivel de obstinación etílica, y llama a su compadre, contertulio en la reunión. El compadre acude al llamado, y después de un efusivo abrazo y unas sonoras palmadas en el lomo, recibe la siguiente invitación:

“Compadre… Compadreeee… Aviéntate un palomazo.”

El calentamiento que acompaña al estallido de sangre en el rostro ante la fingida vergüenza y la sofocada satisfacción precede a la discreta risilla que abre paso a:

“Noooo compadre, ¿Cómo cree? ¡Qué pena! Además, hoy vine con la Marus…”

Esta negación no es más que una invitación a la insistencia.

“Ándele compadre ¡Si todos ya lo vimos en acción! A poco me va a decir que “no”… ¡En mi fiesta!”

“Órale va, compadre, no más porque lo quiero un montón”

Una vez sellado el convenio, el festejado manda al hijo más cercano por “la tabla que está atrás de la cabecera de su cama”, para después anunciar con honda voz:

“¡Hey! ¡Hey! ¡Hey! ¡Gente! Aquí mi compadre Eufrates se va aventar un palomazo, no más por mi fiesta de mí!”

La aceptación popular no se hace esperar, y una horda de aplausos y chiflidos corren por todo el jardín, compitiendo por el aire con el humo del tiznado asador. En ese momento llega el párvulo con el encargo de su padre, coloca la tabla con fuerzas apenas suficientes y una sonrisa descarada, y se siente en el suelo, lo más cerca de su padrino, para tener la mejor vista del espectáculo. Ante aplausos y vítores, el padrino mira alrededor y da un trago de saliva, para acallar los nervios. Entonces dice:

“¡Miren! Voy a calcular la potencia de la bomba de allá, que sube el agua al tinaco del baño”, da un giro y comienza a escribir la ecuación de la Navier-Stokes, sólo para presumir, porque en realidad resuelve el cálculo con la primera ley de la termodinámica agregando el término de pérdidas por fricción, la cabeza de succión y la longitud equivalente de los accesorios. Durante este garabateo sobre la tabla, que resultó ser un pizarrón, la concurrencia miraba atónica, silente, embelezada por el hábil manejo de los términos y los cálculos aproximados. Cuando el cálculo revela una potencia de 0.32 Caballos de Potencia, el maestre vuelve hacia sus admiradores y grita:

“Pero como no hay bombas de 0.32 HP – la gente ríe por el chistorete – pondremos una bomba de 1/2 HP. Pipo, ve a ver la potencia de la bomba...”

El ahijado se levanta de un brinco y corre emocionado a leer la oxidada placa metálica atornillada al dispositivo, para gritar:

"¡Si es cierto! ¡Dice que 1/2HP!”.

Una algarabía total invade la fiesta. Gritos, aplausos, chiflidos y otras muestras de júbilo y aceptación toman el control de la reunión, la cual ha sido un éxito gracias a la magistral interpretación del ingeniero. El festejado enjuta una lágrima y moviendo la cabeza con orgullo musita “Ese es mi compadre…”.


Volvamos a nuestro universo. Es tiempo de revelar mi queja ¿Por qué los ingenieros no somos objeto de la admiración y la enajenación del público? Si nuestra labor es ardua y batallosa deberíamos recibir, al igual que los músicos, poetas, cantantes y bailarines, motivación y ensalzamiento en los festejos. Es más, el palomazo ingenieril debería tiene un doble grado de dificultad, dado que requiere más concentración (ante el incremento del nivel de etílico) que raspar algunas cuerdas o dar algunos gritos. Y sepan una revelación por demás perturbadora, en algún momento fui músico y cantante.